En 1966, TV Guide publicó un artículo sobre el hombre más influyente de la televisión americana del que nadie había oído hablar. Se llamaba Charley Douglass. Llevaba quince años decidiendo cuándo se reía el público. Nunca había dado una entrevista. Nunca había aparecido en los créditos de ninguna serie. Y su herramienta de trabajo era una caja que nadie, excepto su familia, había visto por dentro.
El artilugio, denominado Laff Box, funcionaba como un órgano y se tocaba como una máquina de escribir. Dentro había exactamente 320 risas distintas en 32 bucles de cinta, 10 por bucle. Un teclado para seleccionar el estilo, el género y la edad de la risa. Un pedal para controlar la duración. Las risas procedían de algunos segmentos del The Red Skelton Show donde no había diálogo, solo reacciones del público, lo que las hacía perfectas para utilizarlas en cualquier situación cómica. Así que sí, lo que estás pensando es cierto: el coro invisible que acompañó tu infancia televisiva incluía a gente que ya no existía, por expresarlo de una manera sutil.
El problema que Douglass resolvió era simple: las audiencias reales son impredecibles. Se ríen demasiado, no se ríen lo suficiente, o se ríen en el momento equivocado. Douglass, que trabajaba como ingeniero de sonido en CBS a principios de los 50, empezó a modificar las bandas sonoras de las series en posproducción, añadiendo risas donde no las había, atenuándola donde sobraba.

La risa enlatada fue controvertida desde el principio y hubo quienes se resistieron con energía. Quizá el caso más significativo es el de M*A*S*H: los productores no querían la risa enlatada, pero CBS se la impuso de todas formas porque todas las comedias de la época la usaban. El showrunner Larry Gelbart peleó durante años para eliminarla. Consiguió que no se usara en las escenas quirófano —donde resultaba especialmente de mal gusto— y atenuarla en escenas de exteriores, pero no pudo eliminarla del todo. Por cierto, la versión que emitió la BBC en Reino Unido no tenía risas enlatadas.
Monty Python la detestaba. Los miembros del grupo argumentaban que la risa enlatada no acompañaba al espectador sino que le decía lo que tenía que sentir, que era una forma de condescendencia que la comedia inteligente no se podía permitir. Tenían razón.
Los que consideraban que las risas enlatadas consiguieron salvar alguna que otra serie mediocre también tenían razón.
