¿En qué momento exacto murió el galán de cartón piedra y nació el dios de la alta comedia? No ocurrió bajo los focos de una superproducción, sino en un set sumido en el caos absoluto, con un director sentado al piano y un actor principal al borde de un ataque de nervios ofreciendo miles de dólares con tal de que lo dejaran salir de allí.
En 1937 Archie Leach ya se hacía llamar Cary Grant, pero el envoltorio no coincidía con el contenido. Paramount lo había utilizado durante años como un clon de repuesto de Gary Cooper o como una cara bonita para que Mae West jugara con él.
Ese verano había estrenado Topper, una comedia que funcionó en taquilla, pero que operaba con la misma rigidez de un reloj suizo: Grant era un fantasma atrapado en un guion milimétrico y sepultado por los efectos especiales. Entonces apareció Leo McCarey y una película llamada The Awful Truth (La pícara puritana). Y todo saltó por los aires.
McCarey, un genio irreverente que venía de moldear a Laurel y Hardy y de dirigir la anarquía de los Hermanos Marx en Sopa de ganso, detestaba los guiones. Su método de trabajo consistía en llegar por la mañana, sentarse a tocar el piano, observar a sus actores y gritar algo como: «¡Oigan, se me ha ocurrido una idea, vamos a filmarla!».
Para un obseso del control como Cary Grant, aquello era el mismísimo infierno. Acostumbrado a memorizar cada línea y cada marca en el suelo para ocultar sus inseguridades, Grant entró en pánico. La desesperación fue tal que redactó un memorándum de ocho páginas detallando minuciosamente por qué la película iba a ser un fracaso histórico y llegó a ofrecer 5.000 dólares de su propio bolsillo a Harry Cohn (el temible jefe del estudio) para que lo liberara del contrato o lo intercambiara por el actor secundario, Ralph Bellamy. Cohn, que olía el dinero mejor que nadie, le dijo que se aguantara.
Al verse atrapado, Grant hizo lo único que un actor desesperado puede hacer: mirar a su director. McCarey era un tipo elegante, cínico, con un lenguaje corporal sumamente sofisticado. Cuando Grant no sabía cómo reaccionar ante la deslumbrante Irene Dunne, McCarey se lo mostraba físicamente.
Grant empezó a imitarlo. Copió su forma de ladear la cabeza, su uso del espacio, sus parpadeos de incredulidad y, sobre todo, la pausa cómica. McCarey le enseñó que en la comedia sofisticada la gracia no está en las palabras, sino en la reacción humana que viene justo después.

Cuando La pícara puritana se estrenó en octubre de 1937, el público no vio al actor rígido de los dramas de la Paramount. Vio a un torbellino con un carisma magnético irresistible que ponía caras ridículas y que además mantenía duelos verbales sin perder un ápice de su atractivo sexual. La película fue un éxito.
Grant tuvo que tragarse su memorándum de ocho páginas y admitir ante la prensa que no tenía la más mínima idea de comedia hasta que McCarey lo obligó a improvisar. El miedo se transformó en su superpoder.
Cuando llegó la temporada de premios, la película barrió y Leo McCarey se llevó el Oscar al Mejor Director. ¿Cary Grant? Ni siquiera fue nominado. La Academia debió pensar que Grant no estaba actuando, sino simplemente «siendo él mismo» en pantalla. No entendieron que ese «él mismo» había sido construido a base de sudor, pánico y notas de piano.
A la Academia se le escapó, pero a la historia del cine no: en el caos de La pícara puritana, Archibald Leach se convirtió en el Cary Grant que todos conocemos.
