Adaptar a Steinbeck no es fácil. El autor tenía un talento muy particular para combinar el fatalismo social con la ternura hacia personajes rotos por dentro y si intentas suavizarlo demasiado, la cosa se tuerce. The Wayward Bus (1957), dirigida por Victor Vicas, cae en esa trampa: entiende lo que Steinbeck estaba diciendo, pero le falta valentía para meterse de lleno en él.
Un grupo de pasajeros bastante dispares se queda varado en un autobús por una carretera perdida de California y esa parada forzosa obliga a cada uno a mirarse al espejo. El conductor que sueña con largarse de una vez; la mujer que finge no darse cuenta del desprecio de su marido; el comercial que se cree más interesante de lo que realmente es; la chica que coquetea con la idea de reinventarse a través de cómo la ven los demás.
El problema es que cada vez que algún personaje se acerca a un momento de verdad incómoda —de esos que a Steinbeck no le temblaba el pulso en mostrar—, el guion se echa atrás y cambia de tema. Hay una escena a mitad de metraje que apunta a algo bastante oscuro sobre el deseo y la humillación, y treinta segundos después ya está resuelta con una frase que lo desactiva todo. Ese es el patrón de toda la película: se acerca al límite y luego retrocede con mucho cuidado.
El reparto, encabezado por Jayne Mansfield, Joan Collins y Dan Dailey hace lo que puede con un material que no termina de creerse a sí mismo. Mansfield tiene momentos que apuntan a algo más interesante que el papel de “rubia explosiva” que el estudio quería vender —se nota una tristeza de fondo que habría merecido más desarrollo—, pero la película nunca le da el espacio para explorarla. Collins está bien en un papel que pide más mordacidad de la que finalmente le dejan mostrar.

La dirección de Vicas es correcta, sin más, con una puesta en escena que rara vez se despega de lo televisivo y un aprovechamiento del espacio bastante flojo que desperdicia la claustrofobia del autobús como metáfora visual de la trampa en la que están todos atrapados. Una oportunidad perdida, porque el confinamiento del vehículo pedía algo más arriesgado a nivel formal.
The Wayward Bus se queda en una de esas adaptaciones que se entienden más de lo que se disfrutan: capta bien lo que buscaba Steinbeck —la crítica social, la compasión hacia personajes moralmente cuestionables—, pero le falta valentía para llevarlo a la pantalla sin limarle las aristas. Se queda, como sus propios personajes, a medio camino.
