Hubo un tiempo en que el cine independiente norteamericano no aspiraba a ganar estatuillas doradas, sino a escandalizar a los tribunales de menores y a hacer vomitar a los espectadores en salas de mala muerte. En el epicentro de esa revolución de la inmundicia analógica se encontraba un hombre flaco, vestido con trajes de saldo de Little Italy, un bigote pintado a lápiz y una risa maníaca de villano de dibujos animados. Su nombre es John Waters.
Para la sociedad bienpensante de Baltimore, Waters era una amenaza para la moral pública; para los críticos de vanguardia, el eslabón perdido entre el dadaísmo y la cultura de baratillo; para los marginados del mundo, el mesías que convirtió la fealdad en el nuevo ideal de belleza. Waters entendió que si William Castle manipulaba al público mediante el miedo físico, él podía hacerlo mediante la transgresión moral absoluta. No vendía sueños. Vendía pesadillas de purpurina y cartón piedra.
Terrorismo cultural de guerrilla
Antes de ser coronado como el «Príncipe del vómito», John Waters creció en los suburbios de Baltimore obsesionado con los accidentes de tráfico, los juicios por asesinato y los trucos de barraca de feria de William Castle. Con la cámara de 8mm que le regaló su abuela y un grupo de amigos inadaptados que se hacían llamar los Dreamlanders, Waters empezó a rodar cortometrajes que eran auténticos atentados contra el decoro. El cineasta comprendió una incontestable verdad desde el principio: cuando no tienes presupuesto para competir con el empaque técnico de los grandes estudios, tu única moneda de cambio es la audacia. Tienes que ir adonde la decencia no se atreve ni a mirar.
Su musa absoluta y catalizador de este viaje a las alcantarillas fue Glenn Milstead, un chico tímido y acomplejado de Baltimore al que Waters transformó en Divine, una drag queen descomunal, armada con un peinado que desafiaba la gravedad y una actitud criminal que haría palidecer a la mismísima Joan Crawford. Juntos firmaron los primeros manifiestos del cine basura, destacando Multiple Maniacs (1970), donde el personaje de Divine es violado por una langosta gigante de plástico, sentando las bases de un estilo que no buscaba la provocación vacía, sino la liberación absoluta a través del exceso.
La trilogía basura: celuloide, fango y coprofagia
El éxito subterráneo y definitivo llegó en 1972 con el estreno de la película que redefinió los límites de lo que era aceptable proyectar en una pantalla: Pink Flamingos. Rodada en un remolque miserable con un presupuesto ínfimo, la película narra la épica batalla entre dos familias por conseguir el título oficial de «Las personas más cochinas del mundo». La cinta culmina con la escena más infame, imitada y discutida de la historia del cine independiente: Divine caminando por las calles de Baltimore y comiéndose, en un plano secuencia real y sin trucos cinematográficos, un excremento fresco de perro. La mitología de la inmundicia había encontrado su Santo Grial.

Lejos de detenerse, la era dorada de los Dreamlanders continuó expandiéndose, ya no solo en decorados miserables, sino en los bosques helados de Maryland y en los apartamentos cochambrosos de una troupe que vivía al límite de la legalidad. Corriendo delante de la policía para evitar ser arrestados por exhibicionismo público, este grupo de bohemios facturó Female Trouble, (1974), una bofetada colosal al melodrama. En ella, Divine interpreta a Dawn Davenport, una adolescente caprichosa que se convierte en una criminal psicótica dedicada al vandalismo y al asesinato solo porque sus padres no le regalan unos zapatos de tacón alto por Navidad. La tesis era una genialidad política: en el mundo de Waters, el crimen es belleza y la infamia es el arte supremo.
El delirio colectivo de esta tropa alcanzó su punto álgido cerrando la década con Vivir desesperadamente (Desperate Living, 1977), una fábula gótica, grotesca y anarquista sobre un pueblo de fugitivos gobernado por una reina tiránica y desquiciada, interpretada por la sublime Edith Massey. Aunque Divine no pudo participar, Waters construyó una sátira descarnada sobre el fascismo, la deformidad moral de la clase alta y la sangrienta venganza de los desclasados, envuelta en decorados de cartón pintado que parecían salidos de una pesadilla ácida de Walt Disney.

El nacimiento del Odorama y la transición a los ochenta
Consciente de que el impacto visual de los años setenta ya no podía superar el listón de la coprofagia real y la ultraviolencia de guerrilla, Waters recogió el guante de su admirado William Castle y decidió apostar por la interactividad sensorial para su siguiente gran locura, marcando un salto técnico en su carrera: Polyester (1981). Protagonizada de nuevo por Divine junto al galán caído en desgracia Tab Hunter, la película vino acompañada del revolucionario sistema Odorama.
Cada espectador recibía una tarjeta de cartón numerada con diez círculos para rascar. Cuando aparecía un número parpadeando en la esquina de la pantalla, el público debía rascar el círculo correspondiente para experimentar los mismos estímulos olfativos que los personajes. Lejos de ofrecer aromas florales, Waters deleitó a su audiencia con una sinfonía de pestilencias que incluía pegamento escolar, gasolina, zapatos usados, pizza, pero también mofeta y flatulencia humana. El cine ya no solo se veía y se oía; ahora te golpeaba directamente en las fosas nasales.
De las cloacas a Broadway
A finales de los años ochenta, cuando todo el mundo pensaba que Waters estaba condenado a vivir eternamente en los márgenes de los cines de medianoche, el director perpetró su truco más brillante y maquiavélico: infiltrarse en el corazón del sistema de estudios de Hollywood sin pedir perdón ni cambiar de peinado. Su caballo de Troya fue Hairspray (1988).

A primera vista, la película parecía una encantadora comedia musical apta para todos los públicos sobre adolescentes obsesionados con el baile en los años sesenta. Pero debajo de los vestidos de colores y la música pop se escondía un manifiesto subversivo feroz a favor de la integración racial, la aceptación de los cuerpos no normativos y la demolición de las normas de género de la burguesía estadounidense. La película fue un éxito tan colosal que terminó convertida en un fenómeno masivo de Broadway ganador de múltiples premios Tony, demostrando que, si envuelves el veneno con suficiente azúcar, el público se lo traga encantado.
Waters consolidó su estatus de terrorista infiltrado en el gran estudio con Cry-Baby (El lágrima) (1990), una parodia desternillante de los melodramas juveniles de los años cincuenta. En un golpe de casting genial, Waters reclutó a un jovencísimo Johnny Depp y lo rodeó de un reparto delirante que incluía a la musa del porno Traci Lords y a la estrella del rock Iggy Pop, burlándose con saña de los clichés del amor romántico de Hollywood usando el dinero de la mismísima Universal Pictures.
Sátiras sangrientas y el adiós al celuloide
Lejos de aburguesarse, Waters inauguró los años noventa refinando su colmillo satírico para destripar la hipocresía de la clase media de la era Clinton. Lo demostró con creces en la sensacional Los asesinatos de mamá (Serial Mom, 1994). Aquí, una impecable Kathleen Turner interpreta a la encarnación perfecta de la madre estadounidense ideal: hornea galletas, ama a sus hijos y mata salvajemente a hachazos a cualquiera de sus vecinos que cometa la osadía de no reciclar adecuadamente.

Poco después, apuntó sus armas contra los esnobs del mundo del arte con Pecker (1998), demostrando cómo la alta cultura devora y mercantiliza la autenticidad callejera. Su penúltima gran gamberrada fue Cecil B. Demente (Cecil B. Demented, 2000), una declaración de amor desquiciada al cine de guerrilla donde un grupo de terroristas secuestra a una diva de Hollywood (Melanie Griffith).
El broche final (hasta la fecha) de su carrera como director llegaría cuatro años más tarde con Los sexoadictos (A Dirty Shame, 2004). Con esta película protagonizada por Tracey Ullman y Johnny Knoxville, Waters volvió a sus raíces más extremas, imaginando un barrio puritano de Baltimore que sucumbe a una epidemia de fetichismos sexuales incontrolables y cerrando su filmografía con una explosión de incorrección política.
El legado inmortal del rey del trash
John Waters sigue en activo, recorriendo el mundo con sus monólogos satíricos y recibiendo homenajes en los mismos museos de arte moderno que hace cincuenta años habrían llamado a la policía si el director hubiera intentado cruzar la puerta.
Waters nos enseñó que el mal gusto refinado es una forma superior de inteligencia, que la vulgaridad puede ser un acto de resistencia política y que no hay nada más sagrado en este mundo que la capacidad de reírse de uno mismo mientras todo lo demás se va directo a la basura.
