Antes de Romero, antes de La noche de los muertos vivientes, antes de que la palabra «zombi» significara una cosa muy concreta en el imaginario popular, se rodó esta rareza del Poverty Row dirigida por Victor Halperin, considerada la primera película de zombis de la historia de Hollywood. Y conviene aclarar de entrada que sus muertos vivientes no comen cerebros ni caminan en masa hacia un centro comercial. Aquí el zombi es otra cosa, más cercana al folclore haitiano original —un cuerpo sin voluntad, esclavizado mediante vudú— que a cualquier convención que el género adoptaría después. Esa diferencia es justamente lo que hace que la película siga siendo un objeto de estudio fascinante casi un siglo después.
La trama sigue a Madeline y Neil, una pareja que viaja a Haití para casarse en la hacienda de un conocido, Charles Beaumont. Pero Beaumont se ha enamorado de Madeline y, desesperado, recurre a Murder Legendre —un hacendado ocultista que dirige un molino azucarero con mano de obra zombi— para conseguir lo que quiere sin importarle el coste moral. Bajo las instrucciones del hechicero, es el propio Beaumont quien engaña a Madeline administrándole la pócima envenenada en una copa de vino. Legendre la convierte formalmente en zombi y a partir de ahí la película se convierte en un relato de posesión, culpa y redención con ecos claros de Drácula, estrenada apenas un año antes.
Es imposible hablar de esta película sin hablar de Bela Lugosi, que aquí repite buena parte del repertorio que lo hizo famoso —la mirada fija, las manos que se retuercen en el aire, esa cadencia hipnótica en la voz— pero con un matiz distinto. Drácula seducía; Legendre no. Su personaje no tiene ni una gota de romanticismo gótico: es control puro, dominación sin disfraz de cortejo. Lugosi entendía perfectamente que no necesitaba mover un músculo de más para resultar amenazante y esa economía gestual sostiene toda la película incluso cuando el guion flojea.

Lo cierto es que, visualmente, la película sorprende y es ahí donde el bajo presupuesto se convierte en virtud. Para maximizar sus escasos recursos, el equipo alquiló partes de los Universal Studios durante la noche, reutilizando inteligentemente la grandiosa escenografía gótica sobrante de Drácula y Frankenstein. En este marco reciclado, Halperin y su equipo recurren a sombras expresionistas heredadas directamente del cine alemán, sobreimpresiones de ojos flotantes que anticipan el terror psicológico de décadas posteriores y ese molino azucarero convertido en maquinaria casi infernal, con los zombis trabajando en un bucle mecánico que funciona como metáfora incómoda de la explotación colonial.

Como película de terror clásico, La legión de los hombres sin alma dista mucho de ser una obra maestra. Pero como documento fundacional de un subgénero y como vehículo para uno de los trabajos más siniestros de Lugosi fuera de su papel más famoso, resulta un artefacto imprescindible para cualquiera interesado en la historia del cine de terror.
