Hay una no tan delgada línea entre invocar el espíritu del rock ‘n’ roll y profanar sus tumbas para montar un parque temático de bajo presupuesto, y Sun Records se pasa los primeros capítulos tropezando alegremente sobre ella. La serie llega con esa urgencia tan televisiva de querer explicarte el Big Bang musical de los años 50 en Memphis como si fuera una lección de historia, olvidando que la verdadera mitología de Sam Phillips no se construyó con trajes perfectamente planchados ni con actores que parecen modelos de catálogo ensayando su mejor imitación frente al espejo.
Cuando hablas de aquellos chicos que empezaron a colisionar el blues contra el country hasta sacar chispas, lo mínimo que se le pide al showrunner es que las paredes del estudio huelan un poco a sudor, tabaco rancio y desesperación económica, no a laca recién aplicada y a decorados que todavía rezuman pintura fresca.
El problema fundamental es que el guion parece tan obsesionado en la Wikipedia de Elvis Presley, Johnny Cash y Jerry Lee Lewis que termina restándole organicidad y autenticidad al asunto. En lugar de permitir que los conflictos hiervan a fuego lento, la narrativa salta de un icono fundacional a otro con la prisa de un estudiante que repasa sus apuntes la noche antes del examen. Los actores hacen lo que pueden con encarnaciones que rozan el cosplay, pero pocas veces logran traspasar la barrera del cera de museo para convertirse en seres humanos sudorosos, hambrientos y confundidos por el monstruo cultural que están pariendo.

Aun así, cuando la producción baja el tono grandilocuente y se concentra en la tensión racial, social y económica del sur de Estados Unidos en plena antesala del movimiento por los derechos civiles, la propuesta destella destellos de esa magia primigenia. Sam Phillips emerge no como un santo laico de la música, sino como un tipo obstinado, lleno de contradicciones y deudas, que captó que algo genuino y rompedor se estaba empezando a cocinar por allí cuando el resto del país miraba hacia otro lado.
No es la obra maestra definitiva sobre el sonido de Memphis, pero tiene los suficientes acordes afinados como para mantenernos pegados al amplificador durante un rato.
