Si todavía estás pensando si Breaking Bad es mejor que Los Soprano, este artículo no es para ti. Si crees que la edad de oro de la televisión empezó con The Wire, tampoco. Si eres de los que hace años mirabas mal a los que nos quedábamos un fin de semana en casa viendo temporadas completas de series pero ahora presumes de tus maratones… bueno, nadie es perfecto. Adelante.
Los Soprano (1999–2007) · David Chase, HBO
David Chase apostó por algo que en 1999 parecía un disparate: que el espectador iba a querer pasar ochenta horas con alguien que hace cosas terribles, que esa incomodidad iba a ser precisamente el punto, y que nadie iba a necesitar que se le explicara nada. Acertó en los tres. La Dra. Melfi recibe en su consulta a alguien que es al mismo tiempo un asesino, un padre preocupado, un hijo traumatizado y un hombre genuinamente confundido sobre por qué el mundo no funciona como él cree que debería. La serie le da la razón en algunas cosas. En las peores.
Carmela, Janice, Livia, Junior… Los Soprano es también una disección brutal de la familia como institución, de la lealtad como trampa, del sueño americano como chiste que solo tiene gracia si eres el que lo cuenta.
El final —el corte a negro en mitad de una escena de restaurante, con Don’t Stop Believin’ de Journey sonando— sigue siendo el momento más discutido de la historia de la televisión. Chase nunca lo explicó. Sigue sin explicarlo. Hace bien.
The Twilight Zone (1959–1964) · Rod Serling, CBS
Rod Serling encontró su solución en la ciencia ficción: si escribía sobre un pueblo americano que linchaba a un inocente, los censores lo tumbaban. Si los culpables eran alienígenas en un planeta imaginario, lo dejaban pasar. Era un truco tan sencillo que resulta casi insultante. Y con ese margen hizo algo que no ha vuelto a hacer nadie.

Cada episodio es un mundo distinto, unos personajes distintos, un tono distinto. Lo que hay es una voz: la de Serling mirando a cámara con su traje, su dicción perfecta y su manera de anticipar lo que va a pasar sin revelar nada. La continuidad no es de personajes sino de perspectiva: el mundo es más raro y más oscuro de lo que creemos, y en cualquier momento algo va a recordárnoslo. Esa mirada impregna cada episodio aunque los escribieran Matheson, Beaumont o Bradbury. La voz no desaparece aunque cambie quien sostiene la pluma.
The Twilight Zone impone la certeza de que alguien entendió algo sobre la condición humana que la mayoría prefiere no mirar de frente. Que el miedo más real no viene de fuera sino de lo que somos capaces de hacernos los unos a los otros en cuanto las circunstancias nos dan una excusa. Serling lo decía en 1959. Sigue siendo noticia.
La ganadora
Las dos series hacen exactamente lo mismo desde sitios completamente distintos, y eso hace que compararlas sea a la vez inevitable e injusto.
Los Soprano es una novela. Todo apunta hacia Tony: el tiempo, el reparto, la escritura, la cámara. Es la apuesta más ambiciosa que ha hecho la televisión por un solo personaje, y la ganó. Cuando termina, uno siente que ha conocido a alguien. A alguien que no querría tener cerca, pero que conoce muy bien.
The Twilight Zone es una colección de cuentos. No tiene protagonista porque no lo necesita. Tiene algo más difícil de construir y más difícil de sostener: un punto de vista. Consistente, reconocible, incómodo. El tipo de punto de vista que no pide permiso y no da explicaciones.
Las dos desconfían de la naturaleza humana con una convicción que no cede. Las dos usan la ficción para decir cosas que la televisión convencional no habría tolerado. Y las dos tienen ese rasgo que distingue a las obras que duran de las que simplemente gustan: no tranquilizan al espectador. Lo dejan peor de lo que estaba. Más despierto, quizá. Pero peor.
La cuestión de cuál de los dos es superior lleva décadas sin respuesta, que es la mejor noticia posible para los que disfrutamos haciéndonos esa pregunta.
