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Julie London en La casa roja, Delmer Daves

La casa roja y Julie London: la génesis de un mito

Actualizado: 20 mayo, 2026 16:35
Betty
3 min.
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8 Muy buena
Puntuación

No sé por qué algunas películas obsesionan más que otras, independientemente de que te hayan gustado más o menos. La casa roja (The Red House, 1947) no es una película perfecta. Tiene un ritmo irregular, un tercer acto que se apresura a explicar lo que debería dejar sin explicar y un secreto cuya revelación llega antes de lo que debería. Y aun así vuelves a ella. Hay algo en ese bosque nevado de California, en esa casa pintada de rojo al fondo de los árboles, en los gritos que salen de ella de noche… y sobre todo, en Julie London.

La historia es sencilla en su planteamiento y bastante más turbia en su desarrollo: Edward G. Robinson es Pete Morgan, un granjero con una vieja lesión que le impide trabajar la tierra como antes, que vive con su hermana y su hija adoptiva en una finca aislada de los campos de Sonora. En la finca hay un bosque. En el bosque hay una casa roja. Y Pete no quiere que nadie se acerque a esa casa, con una intensidad que va mucho más allá de lo que cualquier explicación racional podría justificar. Cuando un chico del pueblo entra al servicio de la granja y empieza a hacer preguntas, el pasado empieza a aparecer por las grietas.

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Robinson construyó La casa roja como primera producción de su propia compañía —lo que explica que eligiera para sí mismo un papel tan alejado de sus personajes habituales de gánster urbano. Pete Morgan es un hombre rural, atormentado, con una extraña fijación por su hija adoptiva que la película deja deliberadamente en el terreno de lo insinuado.

La casa roja de Delmer Daves - Cartel original
Cartel original

Pero la razón principal para ver La casa roja se llama Julie London. Tenía veinte años. Llevaba tres años haciendo pequeños papeles en películas de segunda fila desde que un agente la descubriera en unos grandes almacenes de Hollywood Boulevard donde trabajaba como ascensorista. Estaba casada con Jack Webb —el futuro creador de Dragnet— y poseía una cara que la cámara amaba de manera incondicional. Lo que nadie sabía todavía es que ocho años después grabaría Cry Me a River en una sola toma, con guitarra, contrabajo y una voz que la Biblioteca del Congreso describiría décadas después como «un ronroneo gutural único».

Nada de eso había pasado aún cuando filmó La casa roja. Y sin embargo, hay algo en la manera en que London ocupa el plano —esa languidez específica, esa presencia que no necesita hacer nada para que la cámara no pueda mirar a otro sitio— que ya estaba completamente formado. Su personaje, Tibby, es la chica mala del pueblo, la que flirtea con el chico peligroso y mira al chico bueno con una mezcla de deseo y aburrimiento que resulta completamente creíble porque London no parece estar actuando en ningún momento. Simplemente está ahí. Como lo estaba siempre, en las películas y en los discos: con esa economía de medios que suele ser el signo distintivo de los grandes.

La casa roja de Delmer Daves - Lobby card
Lobby card

La casa roja fracasó moderadamente en taquilla, fue olvidada durante décadas y redescubierta con la misma lentitud con que se descubren todas las cosas que merecen ser descubiertas. Miklos Rózsa compuso una partitura que está entre las mejores de su carrera. Judith Anderson —Lady Macbeth, la señora Danvers— está aquí tan siniestra como siempre, que es exactamente lo que la película necesita.

Y en el bosque, por las noches, sigue habiendo algo que grita.

Puntuación
Muy buena 8
Dirección 8
Guión 7
Actuación 9
ETIQUETASCine 40sEdward G. RobinsonJulie London
Lauren Bacall - Avatar
ByBetty
Cinéfila. Adicta a las buenas series (odio el término seriéfila). No tengo Twitter ni Facebook (tampoco lo tenía Lauren Bacall). Mitómana, a mucha honra.
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