La película fue financiada por un grupo de iglesias y concebida como material pedagógico para proyectar ante padres de familia preocupados por los peligros del cannabis. Su título original era Tell Your Children — Díle a tus hijos. Su intención, tan bienintencionada como su presupuesto, era clara: alertar a la América decente sobre la nueva amenaza que se cernía sobre sus hogares. Lo que nadie en aquella iglesia calculó es que un par de años después de terminar el rodaje, un productor de cine llamado Dwain Esper compraría los derechos, insertaría planos más salaces, le cambiaría el título a Reefer Madness y la distribuiría por otros circuitos.
El argumento es el que cabría esperar: unos jóvenes americanos fuman marihuana por primera vez y, en el plazo de unos pocos minutos de metraje, han protagonizado un atropello, un asesinato, un intento de violación y un suicidio. La marihuana provoca, según la película, alucinaciones, psicosis maníaco-depresiva, violencia incontrolable y —detalle que el espectador contemporáneo agradece— risa incontrolable. Es el único efecto documentado con cierta precisión. El resto es imaginación pura, rodada con una convicción inversamente proporcional a su rigor científico.

La película desapareció durante décadas, hasta que en 1972 el fundador de NORML —la organización para la legalización de la marihuana en Estados Unidos— encontró una copia en los archivos de la Biblioteca del Congreso, la compró por 297 dólares y la proyectó en campus universitarios de California como acto de recaudación de fondos para la legalización. Pero aquí viene lo mejor: Robert Shaye, fundador de New Line Cinema, la vio, se enteró de que era de dominio público y empezó a distribuirla. New Line Cinema usó los beneficios para crecer. Décadas después produciría El señor de los anillos.
La película más histérica de la historia del cine antidrogas financió parcialmente la trilogía de Tolkien. Hay cosas que solo pasan en Hollywood.
