Existe una tradición honorable (e inevitable) en el cine de serie B que consiste en hacer de la necesidad virtud. Presupuesto escaso, decorados prestados, actores que cobran en diferido, que no cobran o que directamente pierden dinero en el intento. Tom Graeff llevó esa tradición a su expresión más pura: escribió, produjo, dirigió, montó, supervisó los efectos especiales y protagonizó Teenagers from Outer Space con un presupuesto total de 14.000 dólares. Un hombre con recursos.
La película lo demuestra en cada plano. Los uniformes alienígenas son excedentes del ejército decorados con cinta adhesiva. El arma desintegradora es una pistola de juguete. Y sin embargo hay algo —una convicción extraña, casi conmovedora— que la separa del simple desastre técnico: Graeff se lo creía de verdad, detalle que en el cine de serie B marca una importante diferencia.
Warner Bros. compró la película por menos de lo que había costado producirla y la estrenó en drive-ins como segunda parte de un programa doble. Graeff no vio un céntimo. Tom sostenía que Warner le había estafado su parte de los beneficios, mientras que los actores que habían puesto 5.000 dólares de su propio bolsillo le demandaron a él para recuperar su dinero.

Poco después publicó un anuncio en el Los Angeles Times proclamando que Dios le había hablado y que a partir de entonces debía ser llamado Jesucristo II. Incluso intentó cambiarse el nombre legalmente, pero no hubo milagro; la solicitud fue denegada. Graeff no volvió a dirigir una película. Simplemente desapareció, que es lo más serie B que se puede hacer después de una película de serie B.
