Samuel Fuller era periodista antes que director, y se nota en todo lo que hizo. Se nota en el ritmo, en la brutalidad, en la falta absoluta de rodeos en lo que cuenta. Y se nota especialmente en Shock Corridor (mejor no volver a mencionar su espantoso título en España) que es la película que habría rodado un periodista que lleva años acumulando rabia y un día decide soltarla toda de golpe.
El argumento es de serie B sin complejos: un reportero ambicioso, Johnny Barrett (Peter Breck), se hace internar en un psiquiátrico para resolver un asesinato y ganar el Pulitzer. Lo que encuentra dentro son tres testigos del crimen completamente trastornados —un exsoldado que cree estar en Gettysburg, un estudiante negro que se ha convertido en líder del Ku Klux Klan, un Premio Nobel que ha vuelto a la infancia— y la certeza progresiva de que la línea entre investigar la locura y padecerla es más fina de lo que pensaba.
Fuller rodó todo esto en diez días, en un único plató alquilado. Para dar sensación de profundidad al pasillo central contrató actores de talla pequeña para que aparecieran al fondo del mismo. Vamos, a lo Alexandre Trauner en El apartamento pero más rudimentario.

Volvamos a lo serio: el discurso racista del personaje de Hari Rhodes lo copió Fuller palabra por palabra de una intervención real en el Congreso de los Estados Unidos. No tuvo que inventarse nada.
La Biblioteca del Congreso la incluyó en el National Film Registry en 1996. Los mismos que pronunciaron ese discurso, conservando la película que lo denunciaba. América es así de complicada.
