Roger Corman tenía cincuenta mil dólares y cinco días para rodar una película. El resultado, sesenta y seis minutos después, es una comedia negra sobre el mundo del arte que sigue siendo más inteligente que la mayoría de las películas de veinte veces ese presupuesto.
La historia es sencilla y perversa: Walter Paisley —Dick Miller en su único papel protagonista de toda su carrera— es el camarero pringado de un café frecuentado por poetas y artistas beatniks. Walter quiere ser uno de ellos. Walter no tiene ningún talento. Un accidente con su gato y un poco de escayola le dan, sin embargo, una idea. De ahí en adelante, la película hace exactamente lo que promete su título, pero con mucho más humor de lo que nadie esperaría.

Lo que hace Corman aquí, con las perras habituales y sin despeinarse, es una sátira del mundillo artístico que sigue funcionando en 2026 igual que en 1959: la crítica que aplaude lo que no entiende, el galerista que huele el dinero antes que el talento, los artistas que confunden la pose con la obra. Walter Paisley, sin saberlo, descubre que el arte contemporáneo y el crimen tienen más cosas en común de lo que parece: ambos requieren víctimas.
Corman reutilizó los decorados al año siguiente para La pequeña tienda de los horrores (The Little Shop of Horrors, 1960). Con ese presupuesto, el reciclaje no era opcional, pero tampoco le hizo falta más.
