Luna nueva (His Girl Friday, 1940) no es una película; es una ametralladora cargada con verbos, adjetivos y mala leche periodística.
El arte de hablar encima del otro (y que se entienda)
En el cine convencional de los años 30, los actores esperaban educadamente a que el otro terminara su frase, como en una cena de Acción de Gracias con gente que se cae bien. Hawks dijo: «Al cuerno con eso». Inventó el diálogo solapado.
En la redacción del Morning Post, las palabras vuelan como balas dirigidas. Cary Grant (ese hombre que nació con esmoquin y una sonrisa que debería ser ilegal) interpreta a Walter Burns, un editor que vendería a su madre por un titular a cinco columnas. Y frente a él, Rosalind Russell como Hildy Johnson. Aquí no hay damiselas en apuros; hay una mujer que escribe mejor que sus colegas, fuma más que ellos y que cuando lo necesita es más fría que el corazón de su exjefe.
Cary Grant y el cinismo con clase
Hablemos de Cary Grant. Si en La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, 1938) era el paleontólogo despistado, aquí es el titiritero definitivo. Su Walter Burns es un sociópata encantador. Cuando Hildy le dice que se va a casar con un tipo aburrido que lleva gabardina y paraguas —un pobre diablo interpretado por Ralph Bellamy, el eterno segundón del Hollywood dorado—, Walter no llora. Maquina.
Es fascinante ver cómo Grant utiliza su cuerpo. No se sienta, se desploma con elegancia. No miente, crea realidades alternativas. La película es una adaptación de la obra teatral The Front Page, pero el giro de Hawks de convertir al reportero protagonista en mujer fue el movimiento de ajedrez más brillante de la década. De repente, la tensión profesional se convierte en una guerra de sexos donde nadie pide cuartel.
Luna nueva es, en definitiva, el recordatorio de que hubo un tiempo en que Hollywood no necesitaba efectos especiales para hacerte saltar del asiento.
Una redacción que huele a tinta y falta de escrúpulos
El escenario principal, esa sala de prensa abarrotada de tipos cínicos que esperan a que cuelguen a un pobre infeliz (Earl Williams) para poder irse a cenar, es el epicentro del pre-periodismo gonzo. Hawks nos muestra que la verdad importa menos que una buena historia que venda periódicos.
Hay algo terriblemente moderno en Luna nueva. Mientras la mayoría de las comedias de la época buscaban la caricia, esta busca el impacto. El guion de Charles Lederer es una joya de ingeniería mecánica. Cada chiste prepara el camino para el siguiente desastre. Es una película sobre adictos: adictos a la adrenalina, al café recalentado y al olor del plomo de la imprenta. Hildy quiere una vida tranquila con un seguro de vida y una casa con vallas blancas, pero en cuanto escucha el teletipo, sus pupilas se dilatan. Es una yonqui de la noticia, y Walter Burns es su camello principal.
Por qué sigue siendo la comedia perfecta
A diferencia de otros clásicos que casi parecen piezas de museo —pensamos en Sucedió una noche (It Happened One Night, 1934) con respeto pero con cierta distancia generacional—, Luna nueva late con una urgencia casi violenta. Es didáctica porque te enseña todo lo que necesitas saber sobre la estructura narrativa: presenta el conflicto, acelera el ritmo y, cuando crees que no puede ir más rápido, desactiva los frenos.
No hay momentos de relleno. No hay una «voz en off» cansada que nos explique qué sentir. Todo está en la acción, en el sudor de los periodistas y en la velocidad a la que Rosalind Russell teclea su renuncia mientras, en realidad, está escribiendo la crónica de su vida.

Si alguna vez te has preguntado por qué amamos el cine, la respuesta está en los últimos diez minutos de esta película. Es el caos (des)controlado, la brillantez de unos diálogos que corren a 240 palabras por minuto y la certeza de que, al final, el amor no es mirarse a los ojos en un balcón, sino cubrir juntos un intento de fuga.
Luna nueva es, en definitiva, el recordatorio de que hubo un tiempo en que Hollywood no necesitaba efectos especiales para hacerte saltar del asiento. Solo necesitaba a dos genios replicándose y a un director que supiera cuándo dejar que la cámara simplemente intentara seguirles el ritmo. Si no lo habéis hecho ya, tenéis verla. O mejor dicho, tenéis que verla y escucharla. Es música celestial para los que preferimos el sarcasmo a la sacarina.
