The Mandalorian y Grogu se preparan para dar el salto al cine, y aunque mi instinto de supervivencia me dice que esto podría ser una maniobra más arriesgada que cruzar un campo de asteroides en un carguero corelliano, hay algo innegable: Din Djarin se lo ha ganado. La historia de los mandalorianos siempre fue la de los segundones con mejor vestuario de la galaxia. Durante años, ser un mandaloriano era básicamente llevar un casco genial para acabar cayendo en un pozo de Sarlacc de la forma más indigna posible mientras un Han Solo ciego te golpeaba en la mochila propulsora por accidente. Eran el misterio personificado, una cultura de guerreros tan testarudos que convirtieron el «no quitarse el casco» en un dogma religioso, probablemente para evitar que el resto de la galaxia viera sus caras de decepción ante la burocracia de la Nueva República.
La serie de Disney+ fue el bálsamo que el fandom necesitaba tras el caos de las secuelas porque, por una vez, no se trataba de salvar el universo, sino de proteger a Grogu. Nos devolvió la escala humana de una galaxia que se había vuelto demasiado grande, demostrando que ver a un cazarrecompensas intentando configurar el GPS de su nave es mucho más entretenido que cualquier reunión del Consejo Jedi en Coruscant.
Sin embargo, el salto al cine me genera el mismo escepticismo que un trato con Lando Calrissian. La magia de la serie reside en su ritmo pausado que nos permitía explorar los rincones más polvorientos de la galaxia sin prisas. Al meter a los protagonistas en una película de dos horas, corremos el riesgo de que el encanto de lo pequeño se pierda bajo el peso de un espectáculo de CGI diseñado para vender cubos de palomitas con forma de casco. No queremos una épica galáctica donde se lideren flotas contra el Remanente Imperial; para eso ya tenemos los libros de historia de la Alianza Rebelde. Queremos al padre cansado que solo intenta que su pupilo no se coma los huevos de una especie en peligro de extinción mientras el motor derecho de la N-1 hace ruidos extraños.
Si la película consistiera en dos horas de Din Djarin intentando configurar el GPS de su nave mientras Grogu aprieta botones que no debe, compraría la entrada hoy mismo.
Al final, todos pasaremos por taquilla, porque somos criaturas de costumbres y nada nos gusta más que una buena armadura plateada. Solo espero que Jon Favreau y Dave Filoni recuerden que no necesitan llenar la película de fuegos artificiales para que la historia importe. Con que mantengan el espíritu de esos dos tipos solitarios navegando por el vacío, será suficiente para convencernos de que este sigue siendo El Camino.
Editado: segundo tráiler.
