Hay una empresa con la que todos tenemos deudas sentimentales y cuyo catálogo de productos incluye, entre otras cosas: cohetes propulsores a chorro, yunques de caída libre, maquinaria para excavar túneles en roca, tirachinas gigantes, trampas para pájaros corredores, kits de disfraces de correcaminos, imanes siderales, patines a reacción, catapultas medievales y, en al menos una ocasión documentada, una cuerda elástica diseñada para alcanzar el suelo justo antes que el usuario. Ninguno de estos productos ha funcionado jamás según las especificaciones del fabricante. Todos han sido adquiridos por el mismo cliente. Y ese cliente sigue haciendo pedidos.
El origen: las páginas amarillas y la ventaja del orden alfabético
ACME no es un acrónimo inventado por los animadores de Warner Bros. ni una broma privada de los estudios. Es algo más interesante: una parodia de algo real que ya era, en sí mismo, bastante absurdo.
En los años veinte y treinta, cuando las guías telefónicas y los directorios comerciales americanos empezaron a ser el principal medio para encontrar empresas y servicios, los dueños de los negocios descubrieron una verdad tan simple como explotable: quien aparecía primero en el listado de su categoría conseguía más llamadas. La letra A era el territorio codiciado. Así que el mercado americano se llenó de empresas con nombres que empezaban por A, luego por AA, después por AAA en una escalada inflacionaria que solo podía terminar mal. El nombre Acme —del griego ἀκμή, que significa «cumbre», «punto más alto», «lo mejor de su categoría»— era perfecto: prometía excelencia en el propio nombre, aparecía pronto y sonaba suficientemente genérico para aplicarse a cualquier cosa. De hecho, los catálogos de Sears —la empresa de venta por correo más grande de Estados Unidos durante décadas, que es exactamente el modelo de negocio que parodia la ACME de los dibujos animados— vendían productos con la marca «Acme» en su catálogo.
Los animadores de los Looney Tunes abrieron las páginas amarillas, vieron «ACME» en primer lugar de prácticamente cada categoría y… encontraron lo que buscaban. Llegó a las caricaturas en 1949, cuando hizo su primera aparición en un corto de el Coyote y el Correcaminos. Llevan setenta y cinco años sin cansarse de ella.
El Coyote y el Correcaminos: Chuck Jones, Mark Twain y Don Quijote
Chuck Jones creó a Wile E. Coyote y al Road Runner en 1949 para Warner Bros. con una premisa que él mismo describió como una parodia de los dibujos de «el gato y el ratón» —léase Tom y Jerry— que en esa época dominaban la animación y que Jones encontraba poco originales y repetitivos. La idea era repetir la fórmula y llevarla hasta el absurdo: un personaje que persigue a otro sin posibilidad ninguna de alcanzarlo, no porque el perseguido sea más listo sino porque el universo ha decidido, con una consistencia implacable, que el perseguidor no va a conseguir lo que quiere.
La inspiración literaria reconocida por el propio Jones es Mark Twain. En Roughing It —Pasando fatigas en su edición española—, Twain describía al coyote del desierto americano como «un esqueleto largo y delgado con aspecto enfermizo» y «una alegoría viviente del deseo»: siempre hambriento, siempre intentando cazar algo. Jones tomó esa descripción y la convirtió en un personaje cuya condición existencial es el fracaso sistemático y cuya respuesta al fracaso es intentarlo de nuevo con un producto ACME diferente.

Los primeros bocetos del personaje lo llamaban «Don Coyote». El chiste con Don Quijote era demasiado evidente para que Jones lo mantuviera —la sutileza importaba en los Looney Tunes— pero la genealogía permaneció. El Coyote es un quijote del desierto: alguien que persigue algo que nunca va a conseguir con medios completamente inadecuados para el fin y que no aprende nada de la experiencia porque aprender significaría rendirse. Chuck Jones dijo en una ocasión que el Coyote era su realidad y Bugs Bunny su meta. No está claro si lo decía con tristeza o con orgullo.
Las reglas que Jones se impuso para los cortos son tan estrictas y tan elegantes como las de cualquier forma de literatura clásica. El Correcaminos solo puede hacer daño al Coyote de manera indirecta. El Coyote no puede dañar al Correcaminos. La gravedad solo se aplica al Coyote cuando este mira hacia abajo y toma conciencia del vacío. Los productos ACME siempre fallan, pero de maneras distintas, nunca de la misma manera dos veces. El humor no proviene de la violencia sino de la precisión del mecanismo: la inevitabilidad cómica de que algo salga exactamente mal de la manera en que el espectador ya sabe que va a salir mal, pero que resulta igualmente divertido de ver.
En su versión muda —los cortos originales con el Correcaminos— el Coyote no habla. En sus apariciones junto a Bugs Bunny, habla con voz de Mel Blanc y un acento transatlántico de engreimiento refinado: se llama a sí mismo «inventor y genio» y deja tarjetas de visita con ese título. Es el único momento en que el personaje revela lo que piensa de sí mismo, lo que hace que los cortos con el Correcaminos sean más tristes de lo que parecen: el «inventor y genio» gasta su talento en catálogos de venta por correo y yunques que caen sobre su propia cabeza.
El artículo de The New Yorker y la película que casi no se estrena
En 1990, el escritor Ian Frazier publicó en The New Yorker un artículo satírico titulado «Coyote v. Acme» en el que imaginaba la demanda judicial que el Coyote presentaría contra la corporación por los daños sufridos a lo largo de décadas de uso de sus productos defectuosos. El artículo enumeraba, con la prosa meticulosa de un escrito legal, cada incidente documentado, cada cohete que había volado en la dirección equivocada, cada trampa que había atrapado al cazador en lugar de a la presa. Era un ejercicio de humor absurdo, el tipo de pieza que The New Yorker producía con una regularidad envidiable en esa época y que treinta y cinco años después es la base de una película.
Esa película, Coyote vs. Acme, dirigida por Dave Green con guion de Samy Burch, combina acción real y animación al modo de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit) y presenta a Will Forte como el abogado del Coyote y a John Cena como el de ACME. El Coyote lleva finalmente a la corporación a los tribunales. El presupuesto fue de 70 millones de dólares. Terminó de rodarse en 2022.
Y entonces Warner Bros. Discovery, bajo la dirección del CEO David Zaslav, la archivó en el 2023 para poder declararla como pérdida fiscal. Una película terminada, con tráiler, con pase de prensa, archivada para no pagar impuestos. La propia decisión llevaba implícita una ironía que no requiere mucha explicación: ACME, en la vida real, resultó ser Warner Bros.
En 2025, Ketchup Entertainment compró los derechos mundiales por unos 50 millones de dólares. La película llega a cines en agosto de 2026 (EE.UU) y en septiembre de 2026 en España, casi tres años después de haber estado acumulando polvo dentro de un cajón. El Coyote sigue haciendo pedidos, aunque a veces lleguen con mucho retraso.
