Cita a ciegas es probablemente la gran comedia de los ochenta: una película que convierte una premisa mínima en una exhibición de ritmo, mala leche, ternura y precisión cómica. Y lo hace con una elegancia que solo podía venir de Blake Edwards, un director capaz de hacer reír sin rebajar nunca la inteligencia del gag y de mezclar screwball y slapstick con una naturalidad pasmosa.
La grandeza de Cita a ciegas está en que jamás parece contentarse con una sola idea. Cada escena empuja a la siguiente; Edwards había entendido como pocos que la comedia no consiste en encadenar chistes, sino en crear una lógica de desastre cada vez más inevitable. Aquí todo nace de la incomodidad social, del malentendido y de la química extraña entre dos personajes que, en otras manos, habrían sido una simple pareja en una mala screwball tardía.
Ese equilibrio entre lo físico y lo verbal, entre la humillación y la compasión, es muy Edwards. Su cine siempre supo que la mejor risa no nace de la caricatura pura, sino de dejar que el personaje conserve algo de dignidad mientras el mundo se le derrumba encima.
La película además tiene un valor histórico casi accidental: fue la primera película de Bruce Willis, ya famoso gracias a Luz de Luna. Y sin embargo, lo más interesante no es la transición de estrella de la pequeña a la gran pantalla, sino cómo Willis entiende enseguida el tono Edwards: un tipo aparentemente seguro de sí mismo que va descomponiéndose sin solución de continuidad.

Además de Willis, Kim Basinger y John Larroquette sostienen la película con una naturalidad que hace parecer fácil lo que en realidad es endiabladamente difícil: ella aporta una mezcla muy precisa de fragilidad, ironía y deseo, capaz de convertir cada gesto en una pequeña variación emocional; él entiende a la perfección el registro de la comedia y le da al personaje una humanidad seca, defensiva, que evita cualquier trazo de simple caricatura, resultando genuinamente gracioso en todo lo que hace.
Lo que hace especial a Cita a ciegas (Blind Date, 1987) es que llega tarde y, aun así, no lo parece. Su comicidad es más madura que la de muchas comedias “modernas” posteriores, porque no depende de la histeria sino de la puesta en escena, de la elasticidad del diálogo y de la confianza en que el ridículo humano ya es material más que suficiente.
No es solo una gran película de citas desastrosas: es la prueba de que la comedia sofisticada, cuando está bien hecha, puede ser tan precisa como una partitura y tan humana como una confesión.
