Hay una imagen que define la televisión americana de finales de los cincuenta mejor que cualquier otra: un hombre de traje oscuro con la actitud de quien sabe algo que el espectador todavía no, mirando directamente a cámara antes de que empiece la función. El hombre es Rod Serling, o Alfred Hitchcock, o Boris Karloff; incluso John Newland, según el canal y la hora. Los cuatro estaban en antena simultáneamente, los cuatro tenían algo que decir sobre lo que la televisión podía ser, y los cuatro eligieron la misma forma para decirlo: la serie de antología, el episodio autoconclusivo, la historia que llega y acaba siempre en menos de una hora sin dejar las cosas como las encontró.
Alfred Hitchcock Presents · CBS y NBC, 1955–1965

Alfred Hitchcock llevaba veinte años siendo el director de suspense más famoso del mundo cuando en 1955 decidió que también quería ser el presentador de suspense más famoso del mundo, y lo consiguió solo con el primer episodio. La fórmula era sencilla y perfecta: Hitchcock aparecía al principio de cada episodio, hacía una introducción teñida de humor negro con su acento británico y su sequedad característica —«Buenas noches», con la misma entonación con que uno podría decir «he venido a cobrar»—, llegaba la historia, y al final volvía para ofrecer una lectura moral tan cínica que a menudo invalidaba la moraleja oficial que los patrocinadores exigían.
La serie se emitió en CBS de 1955 a 1964, luego en NBC durante una temporada más, con un cambio de nombre a mitad de recorrido: The Alfred Hitchcock Hour cuando los episodios pasaron de veinticinco a cuarenta y cinco minutos en 1962. En total: diez temporadas, 363 episodios. Hitchcock dirigió personalmente diecisiete de ellos —incluyendo algunos de los mejores, como el adaptado del cuento de Roald Dahl Lamb to the Slaughter, donde una mujer mata a su marido con una pierna de cordero congelada y luego sirve la pierna de cordero a los policías que investigan el crimen— y supervisó todos los demás.
Lo que separaba a Alfred Hitchcock presenta de The Twilight Zone era, en esencia, lo mismo que separaba a Hitchcock de Serling: una era una serie sobre lo que la gente le hace a otra gente, y la otra sobre lo que el universo le hace a la gente. Los mejores episodios de Alfred Hitchcock presenta son crímenes perfectos que salen mal, obsesiones que se vuelven contra quien las alberga, ironías del destino con filo de navaja. No hay extraterrestres ni zonas crepusculares. Hay maridos inconvenientes y vecinos peligrosos y el tipo de final que deja al espectador mirando fijamente la pantalla negra durante cinco segundos más de lo necesario. Charles Bickford, Joseph Cotten, Vera Miles, Steve McQueen antes de ser Steve McQueen, Robert Redford cuando todavía nadie sabía quién era Robert Redford: la lista de actores que pasaron por la serie es, en sí misma, una historia del Hollywood de la época.
El humor de Hitchcock —negro, seco, completamente desprovisto de sentimentalismo— es lo que hace a la serie inimitable. Serling tenía la ambición de cambiar el mundo. Hitchcock tenía la certeza de que el mundo no iba a cambiar y parece que lo encontraba muy divertido.
Thriller · NBC, 1960–1962

En 1960 la NBC decidió que si la CBS tenía a Hitchcock y a Serling, ellos necesitaban a alguien. Alguien que llevara décadas siendo sinónimo de miedo en el imaginario popular americano, que tuviera una voz reconocible a cincuenta metros y que pudiera presentar historias de terror con la autoridad de quien lleva haciendo exactamente eso desde los años treinta. Llamaron a Boris Karloff, que aceptó con la misma elegancia tranquila con que hacía todo. Entre 1960 y 1962 se emitieron 67 episodios de Thriller —conocida también como Boris Karloff’s Thriller— que siguen siendo lo más aterrador que se ha producido para la televisión americana de esa época.
La serie empezó de manera poco convincente. El productor inicial, Fletcher Markle, la orientó hacia el suspense y el crimen en la línea de Alfred Hitchcock presenta, y los primeros ocho episodios son entretenidos pero sin personalidad propia. Markle fue despedido y lo sustituyó Maxwell Shane, que entendió algo que Markle no había entendido: que Boris Karloff no era Alfred Hitchcock, que su territorio natural no era el thriller urbano sino el horror gótico, y que había en la tradición de Weird Tales —la revista de pulp que había publicado a H.P. Lovecraft, a Robert Bloch y a cientos de escritores de terror de los años treinta y cuarenta— un material perfectamente adaptable a la televisión si alguien sabía cómo hacerlo.
Los mejores episodios de Thriller son adaptaciones de esa tradición: Robert Bloch —el mismo que escribió Psycho— adaptó varios de sus propios relatos, incluyendo «The Cheaters» y «The Weird Tailor». Richard Matheson contribuyó con algunos guiones. John Brahm, que había dirigido The Lodger en 1944, dirigió varios episodios con una densidad visual que no tiene nada que envidiar a su trabajo en el cine. El director John Newland, que venía de One Step Beyond —otra serie de la época, sobre la que volveremos—, aportó una habilidad para el horror atmosférico que combinada con el blanco y negro de la época produce momentos genuinamente perturbadores. «Pigeons from Hell», adaptación de un relato de Robert E. Howard, sigue siendo uno de los episodios de televisión más perturbadores de los años sesenta.
La serie fue cancelada en 1962 sin que la NBC diera una razón completamente satisfactoria. Se sospecha que la razón parcialmente insatisfactoria era que era cara y que los índices de audiencia no eran suficientes para justificar el presupuesto.

One Step Beyond · ABC, 1959–1961
Mientras Serling construía su zona crepuscular en CBS y Hitchcock perfeccionaba su ironía en la misma cadena, en ABC había una serie más modesta, más extraña y hoy casi completamente olvidada que merecía mejor suerte: One Step Beyond, presentada y dirigida íntegramente por John Newland, que emitió 96 episodios entre 1959 y 1961 con la premisa más audaz de todas: cada historia estaba supuestamente basada en eventos paranormales reales.
La diferencia con The Twilight Zone era de tono más que de contenido. Donde Serling usaba lo sobrenatural como metáfora —de la guerra, del conformismo, del miedo americano de posguerra— One Step Beyond lo presentaba como documentación. No había twist final, no había moraleja, no había sensación de que el universo acababa de reírse a costa del protagonista. Había simplemente la insinuación de que el mundo era más raro de lo que creíamos y que existían fenómenos que la ciencia no podía explicar, presentada con la seriedad de un telediario. Newland era un director de recursos limitados pero con un instinto impecable para crear incomodidad en espacios cerrados y la serie tiene una atmósfera específica —quieta, sin subrayados, casi documental— que ninguna de sus contemporáneas consiguió (ni pretendía) replicar.
The Outer Limits · ABC, 1963–1965
Cuando The Twilight Zone terminó su andadura en CBS en 1964 después de cinco temporadas, ya llevaba un año en antena su heredero más directo: The Outer Limits, que se estrenó en ABC en septiembre de 1963 y duró dos temporadas y 49 episodios antes de ser cancelada. La comparación con The Twilight Zone es inevitable y en algunos aspectos injusta, porque The Outer Limits no intentaba ser lo mismo: donde Serling dominaba el cuento corto, The Outer Limits aspiraba a la novela de ciencia ficción, con episodios de una hora y predilección por los monstruos —literales, no metafóricos— que la hacían más visceral y menos sutil que su predecesora.
El texto de apertura de cada episodio —«No le pasa nada a su televisor. No intente ajustar la imagen. Estamos controlando la transmisión»— es uno de los mejores arranques de la historia de la televisión americana, con esa mezcla de amenaza tecnológica y humor frío que define el tono de la serie. Los mejores episodios —«The Architects of Fear», «Demon with a Glass Hand» con un guión de Harlan Ellison, «The Zanti Misfits»— son ciencia ficción de lo más puro, con una conciencia política que en algunos casos la acerca mucho a The Twilight Zone.
Fue cancelada porque la movieron a los sábados por la noche la segunda temporada, donde competía directamente con el show de Jackie Gleason en CBS. Perdió la guerra de la audiencia; la televisión de los sesenta era una carnicería comparado con lo que tenemos hoy.
El resultado final
Lo que todas estas series tenían en común, más allá del formato de antología y la época, era la certeza de que la televisión podía ser un vehículo para ideas que el cine comercial no se atrevía a manejar. Serling lo decía explícitamente: la ciencia ficción era la cobertura que le permitía hablar de cosas que ningún patrocinador habría tolerado en un drama realista. Hitchcock lo decía implícitamente con cada final irónico que subvertía la moraleja oficial. Karloff lo decía con cada adaptación de Weird Tales que ponía en pantalla material que llevaba décadas esperando una audiencia más amplia.
La diferencia entre ellas es, en el fondo, una diferencia de ambición. Alfred Hitchcock presenta era perfecta dentro de sus límites y no aspiraba a ser otra cosa. Thriller era irregular pero en sus mejores momentos no tenía rival en su género específico. One Step Beyond era menor pero extraña, de una manera que ninguna de las otras conseguía serlo. The Outer Limits era la que más claramente intentaba heredar el trono de The Twilight Zone y la que más claramente pagó el precio de esa aspiración.
The Twilight Zone las sobrevive a todas porque Rod Serling entendió algo que ninguno de sus contemporáneos entendió con la misma claridad: que el formato no era solo una excusa para contar historias, sino que la brevedad y la conclusión eran parte del argumento. Cada episodio era completo en sí mismo, como un cuento de Borges o de Carver, y esa completitud era lo que le daba su peso específico. Los otros formatos podían ser más aterradores, más irónicos o más ambiciosos en sus objetivos individuales, pero ninguno construyó un mundo tan coherente y tan personal a partir de la acumulación de distintas historias.
