Dziga Vértov no es exactamente un nombre. Era un seudónimo que en ucraniano significa algo parecido a «peonza giratoria», que ya da una pista bastante buena sobre el tipo de individuo que era. Su nombre real, Denís Káufman, nacido en Polonia en una familia de libreros judíos y en 1929 hizo una película sin actores, sin guión, sin intertítulos y sin argumento. Eisenstein, que no era un hombre dado a los elogios, la llamó «vandalismo de cámara sin sentido».
Hoy es la octava mejor película de la historia según Sight & Sound y el mejor documental de todos los tiempos según la misma revista. Quizá Eisenstein se equivocara.
La película es un día en una ciudad soviética, del amanecer al anochecer, filmado a lo largo de varios años en tres ciudades distintas montadas como si fueran una sola. No pasa nada y pasa de todo: gente que trabaja, tranvías, fábricas, bodas, divorcios, nacimientos, playas, bares. El hermano de Vértov, Mikhail Káufman, era el cámara; su mujer, Yelizaveta Svílova, la montadora. Todo queda en casa, vaya. El montaje tiene más de 1.700 planos distintos, a un ritmo cuatro veces superior al de cualquier película de su época.

Lo que Vértov inventó aquí, sin proponérselo o quizá proponiéndoselo con toda la consciencia del mundo, es el lenguaje del videoclip, del cine de vanguardia, del documental moderno y de buena parte de lo que hoy llamamos publicidad audiovisual. En sesenta y ocho minutos y en 1929. Que esté disponible gratis en YouTube y que no la haya visto todo el mundo es uno de esos pequeños misterios de la civilización.
