El hombre que nunca existió (The Man Who Never Was)

Difícilmente podría imaginar José Antonio Rey María, un humilde pescador onubense, la importancia que tendría en la Historia el descubrimiento que hizo en la mañana del 30 de abril de 1943. Rey María encontró un cadáver en las playas de Punta Umbría, identificado poco después como William Martin, Mayor de los Royal Marines británicos. Hasta ahí todo parece más o menos normal, ya que en plena Segunda Guerra Mundial ese espacio aéreo era utilizado con asiduidad por los aliados. Lo que no sabía el bueno de Jose António, ni las autoridades españolas, y afortunadamente tampoco lo supieron los nazis cuando recibieron en Berlín la documentación que portaba el aviador, era que William Martin nunca existió.

A finales de 1942, y una vez controlado el norte de África por los aliados después de derrotar al Afrika Korps del Mariscal Rommel, los británicos y los estadounidenses acordaron que el siguiente paso sería conquistar Sicilia y una vez allí ascender por Italia hasta llegar todo lo cerca de Alemania que pudieran. Hitler estaba ocupado en su frente Este combatiendo con los soviéticos, pero tenía claro que los aliados intentarían el asalto a la isla italiana. ¿Cómo engañar a los nazis para que pensaran que otro lugar sería invadido primero? Ahí entra en juego la inteligencia británica, y más concretamente el oficial Ewen Montagu. A él se le encomendó la fabricación de uno de los planes más arriesgados y audaces de la WWII. Prepararían todo de tal manera que, dejando ese cadáver flotando en las costas españolas y contando con la «amistad» que unía a Franco con Hitler y la importante red de espías alemanes que operaban aquí, los documentos llegaran a los cuarteles generales de Berlín.

Como es lógico se presentaron muchos problemas: lo primero que harían los alemanes sería practicar una autopsia al cadáver y debía parecer que había fallecido ahogado. ¿Solución? Encontrar a alguien que hubiera muerto de neumonía; de esa manera sus pulmones estarían encharcados. También había que crear una personalidad definida para William Martin. Tenía que parecer completamente real. Montagu y compañía utilizaron una fotografía de otro oficial británico que se parecía al cadáver para usarla en el pasaporte ficticio, rellenaron los bolsillos del uniforme que vestiría Martin con papeles falsos relacionados con su vida personal (un documento bancario reclamando un descubierto, una factura de una joyería en la que había comprado un anillo para su novia, una foto de esta, varias cartas de amor con apariencia de haber sido leídas varias veces, otra misiva escrita por su supuesto padre, un carnet caducado…) llaves, cerillas, entradas de un musical londinense, etc., consiguiendo así un pasado creíble para su oficial de los Royal Marines.

Una vez preparado todo, Winston Churchill autorizó la operación y tras varios días de viaje en submarino (siempre sumergido para no ser descubierto) llegaron a las costas de España. Rey María informó a las autoridades de su descubrimiento y el gobierno franquista hizo lo propio con el cónsul británico. William Martin fue enterrado con honores en Huelva. Toda la documentación fue devuelta a los ingleses pero… ¡casi un mes después! Aquello parecía marchar sobre ruedas. Un posterior examen demostró que todos los papeles habían sido revisados y cuando los nazis trasladaron gran parte de sus efectivos cerca de Cerdeña (la invasión de Cerdeña y no de Sicilia era el mensaje subliminal de los documentos que portaba Martin) supieron del éxito de la que había sido denominada «Operation Mincemeat«.

Hasta 1996 no se supo quién fue realmente William Martin. O, mejor dicho, de quién era el cadáver que tanto ayudó en la caída del Tercer Reich. Pertenecía a un vagabundo galés llamado Michael Glyndwr que mendigaba en Londres y que murió tras ingerir matarratas. También transcendió que Glyndwr intentó alistarse en el ejército, pero no fue admitido.

Poster The Man Who Never Was - Cartel original El hombre que nunca existió
Poster original de la película

En 1956 se rodó un film llamado The Man Who Never Was (basado en el libro escrito tres años antes por Ewen Montagu) protagonizado por Clifton Webb y Gloria Grahame, en el que el propio Montagu aparece en un pequeño cameo. No es una obra maestra, pero si os interesa todo el rollo que acabo de escribir, bien vale la pena verla. La película, aparte de narrar la preparación del engaño, muestra una bonita historia de cómo pudo ser el lado personal de aquel glorioso y maquiavélico plan.

El Gran Leblogski

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