La historia del cine trata con una indiferencia casi sistemática al guionista. No al guionista-director, ni al auteur con sello propio, sino al hombre que llega al despacho cada mañana, se sienta y convierte en palabras cinematográficas algo que de otra manera sería un fajo de páginas impresas. El tipo que hace el trabajo antes de que lleguen el director, los actores, el director de fotografía y todos los demás a llevarse el mérito. Nunnally Johnson fue ese tipo durante más de treinta años, en más de cincuenta películas, y si su nombre no te suena de mucho es la demostración de lo que estoy diciendo.
Empecemos por lo básico: Johnson nació en 1897 en Columbus, Georgia, y fue periodista antes de ser otra cosa. Trabajó en periódicos locales, luego en Nueva York, como reportero del New York Herald Tribune y del New York Evening Post, donde escribía una columna semanal de humor denominada «Roving Reporter«. Era un individuo excepcionalmente culto, con un agudo sentido del humor, y estaba en su elemento escribiendo sátira social. Entre 1925 y 1932 publicó alrededor de cincuenta relatos cortos en el Saturday Evening Post y The New Yorker. No era un escritor frustrado esperando su oportunidad. Era un escritor que ya funcionaba.
El salto a Hollywood fue, como casi todo en la vida de Johnson, ligeramente absurdo. Cuando pidió permiso a su editor para escribir crítica de cine, se lo denegaron. Así que decidió hacer películas, directamente. Llegó a Hollywood en 1932, justo cuando los estudios hacían la transición del cine mudo al sonoro y necesitaban desesperadamente escritores que supieran construir diálogos. Johnson sabía. En 1935 ya tenía un contrato fijo en la Twentieth Century-Fox con Darryl F. Zanuck y ahí se quedó durante la mayor parte de su carrera.
El método
Lo que hacía Johnson no era glamuroso pero sí extraordinariamente difícil. Su especialidad era la adaptación: coger una novela, una obra de teatro, una historia verdadera y convertirla en algo que pudiera funcionar en pantalla sin traicionar el original ni aburrir al público. El equilibrio entre esas dos cosas es más delicado de lo que parece, y la mayoría de los guionistas suelen gravitar hacia alguno de los dos lados. Johnson rara vez lo hacía.
Fue prolífico y versátil: retratos americanos, thrillers urbanos, westerns, comedias, películas de guerra. Géneros distintos, tonos distintos, épocas distintas. Y en cada uno de ellos dejaba un sello que era difícil de definir pero fácil de reconocer: diálogos que sonaban a gente real hablando, estructuras sólidas sin artificios, una comprensión del ritmo narrativo que venía directamente del periodismo. Sus guiones no se hacían notar, que en más ocasiones de lo que parece es el mayor elogio que se puede hacer a un guión y a un guionista.
A mediados de los años cincuenta era el guionista mejor pagado de Hollywood. En la industria del espectáculo, donde el anonimato es casi sinónimo de pobreza, Johnson había llegado al punto más alto de su profesión siendo un absoluto desconocido para el gran público. La gente pagaba para ver sus películas sin saber que eran suyas.

Las películas
La obra de Johnson es un recorrido por décadas de cine americano y es casi imposible reducirla a una lista razonable sin saber que se está dejando fuera algo esencial.
Tenemos Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940), que es probablemente su trabajo más importante y la demostración más clara de por qué importa un buen guionista. Steinbeck desconfiaba profundamente de Hollywood, pero con Johnson se entendió desde el principio. Johnson fue uno de los pocos hombres de Hollywood en los que Steinbeck llegó a confiar. El resultado es una de las adaptaciones literarias más fieles y cinematográficamente más logradas de la historia del cine, dirigida por John Ford con Gregg Toland detrás de la cámara. Johnson fue nominado al Oscar al mejor guión adaptado —no lo ganó— pero el Writers Guild of America incluyó su adaptación en la lista de los 101 mejores guiones de la historia.
Seguimos con La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1944), noir de Fritz Lang con Edward G. Robinson, que Johnson también produjo. Junto con Las uvas de la ira, probablemente su mejor guión: una obra perfecta sobre un hombre ordinario que toma una decisión equivocada.
Está Cómo casarse con un millonario (How to Marry a Millionaire, 1953), comedia con Marilyn Monroe, Betty Grable y Lauren Bacall que Johnson escribió con la misma atención con que escribía sus dramas, porque para él, el registro no cambiaba la exigencia.

También El hombre del traje gris (The Man in the Gray Flannel Suit, 1956), adaptación de la novela de Sloan Wilson sobre la angustia del hombre de clase media en la América de la posguerra, que Johnson también dirigió. Es una película que anticipa mucho de lo que el cine americano haría en los años sesenta en ese mismo territorio.
Y Las tres caras de Eva (The Three Faces of Eve, 1957), basada en el caso real de una mujer con trastorno de personalidad múltiple que Johnson escribió, produjo y dirigió, y que le valió a Joanne Woodward el Oscar a mejor actriz en su primera gran interpretación.
La lista continúa: Jesse James (1939), Tobacco Road (1941) otra vez con John Ford, El zorro del desierto (The Desert Fox, 1951), Mi prima Raquel (My Cousin Rachel, 1952). Al final de su carrera escribió, junto a Lukas Heller, Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), una película completamente diferente a todo lo que había hecho anteriormente y que funciona igual de bien.
El problema
El problema de Nunnally Johnson es el problema de todos los guionistas, elevado a la enésima potencia. La teoría del autor —la idea de que el director es el verdadero creador de una película— se impuso en la crítica cinematográfica en los años cincuenta y sesenta, y cuando lo hizo dejó al guionista en un incómodo limbo. Se podía hablar de «una película de John Ford» o «una película de Fritz Lang» sin que nadie preguntara quién había escrito el guión. Las películas tenían autores, y los autores eran los directores.

Varias de sus mejores películas están firmadas por directores con nombres enormes. Las uvas de la ira es «de John Ford». La mujer del cuadro es «de Fritz Lang». Son de Ford y de Lang, claro que sí, pero también son de Johnson, aunque este dato suela perderse por el camino. El guión de Las uvas de la ira es un artefacto extraordinario: la manera en que comprime la novela sin mutilarla, las escenas que añade, el diálogo que escribe para Ma Joad. Decir que eso no es autoría es una convención crítica, no un hecho.
En 1959 el Writers Guild of America le entregó el Laurel Award for Screenwriting Achievement, su reconocimiento honorífico a una trayectoria. No es un premio competitivo —no hay nominados, no hay lista de candidatos, no hay sobre— sino algo más importante: el gremio de guionistas decidiendo, entre ellos, quién merece que se le recuerde.
Johnson murió en Los Ángeles en marzo de 1977 a los setenta y nueve años, después de haberse retirado con discreción una década antes. Llevaba años siendo el guionista mejor pagado de Hollywood cuando decidió que ya era suficiente. No escribió memorias, no concedió grandes entrevistas retrospectivas.
Pero nos dejó sus películas, que es más que suficiente. Solo hace falta saber dónde mirar.
