Hay series que uno ve sabiendo desde el primer episodio que las va a echar de menos. Jean Smart mirando a cámara con la condescendencia de alguien que ha visto demasiado y aguantado más de la cuenta, Hannah Einbinder reaccionando a esa mirada con la cara de quien acaba de darse cuenta de que ha cometido un error que no puede deshacer. Hacks funciona así desde el principio: dos personas que se necesitan mutuamente y llevan cinco temporadas sin querer admitirlo del todo.
La temporada cinco, la final, arranca donde terminó la cuarta: Deborah Vance y Ava Daniels de vuelta de Singapur después del colapso de Late Night with Deborah Vance, encontrando a la llegada un santuario improvisado de fans convencidos de que Deborah ha muerto.
Conviene hacer memoria antes de que termine, porque Hacks merece más reconocimiento del que suele recibir en las conversaciones sobre las mejores series de la década.
Cuando se estrenó en 2021 partía de una premisa quizá un tanto convencional: comediante veterana de Las Vegas al borde de la irrelevancia contrata a escritora joven y cancelada en Twitter para salvar su carrera. Podría haber sido problemática en cualquiera de las direcciones: el tipo de serie que usa a las generaciones desconectadas como chiste fácil o a las generaciones jóvenes como motivo de mofa. No fue ninguna de las dos cosas. Fue algo más difícil: una serie sobre dos personas que se admiran pero que se hacen daño y sobre el precio que tiene la incapacidad de tratar bien a la gente.
Jean Smart como Deborah Vance es una de las tres o cuatro mejores interpretaciones de lo que llevamos de década en televisión. (Qué bien decirlo así y no «de los veinte», que algunos nos imaginamos a Mary Pickford o a Clara Bow compitiendo con Jane para el papel principal). No porque el personaje sea simpático —Deborah puede ser extraordinariamente cruel cuando le conviene y a veces cuando no le conviene— sino porque Smart nunca le da al espectador el permiso de no quererla. Deborah es vanidosa, manipuladora, territorialmente posesiva con las personas que la rodean y lleva treinta años en una industria que la trató (sí, otra vez, porque de chistes va la cosa) como un chiste inofensivo antes de tratarla como una leyenda. Tres Emmy. Merecidos los tres.
Hannah Einbinder como Ava ha hecho algo más difícil si cabe: crecer. La Ava de la quinta temporada no es la Ava de la primera (arrogante, con esa colección de equivocaciones que exhibe como si fueran medallas) y esa transformación no es un giro de guión sino algo que Einbinder ha construido episodio a episodio, con la paciencia de quien sabe que los personajes que cambian de verdad habitualmente no lo anuncian.
Ya lo dijo la propia Hannah en la alfombra roja de los Emmy del año pasado con la brevedad que merecía: «Es bonito hacer algo tantas veces como debe hacerse. No quedarse más de lo necesario». Lleva razón. La televisión americana (y no solo la americana) está llena de series que han durado un par de temporadas de más y que ahora nadie recuerda con el afecto que llegaron a tener en su mejor momento.
Hacks se va a tiempo. Tal y como están las cosas en el universo de las series de televisión, es un acto casi revolucionario.
