Hablar con Espido Freire es hacerlo con una de las voces más singulares y versátiles de la literatura española contemporánea. Novelista, ensayista, divulgadora y colaboradora habitual en prensa y radio, irrumpió en el panorama literario con una precocidad deslumbrante: en 1999 se convirtió, con apenas veinticinco años, en la ganadora más joven del Premio Planeta gracias a su tercera novela, Melocotones helados. Desde entonces ha construido una trayectoria ajena a modas y etiquetas, transitando con naturalidad entre la ficción, la biografía literaria, el ensayo histórico y la reflexión cultural.
Su último libro, Guía de lugares que ya no existen (RBA), ganador del XX Premio Eurostars Hoteles de Narrativa de Viajes, es también una meditación sobre la memoria, el paso del tiempo y la desaparición. Más que un libro de viajes, es un mapa emocional de la nostalgia y la identidad.
No es difícil tender el puente hacia el séptimo arte. El cine es también un catálogo de mundos desaparecidos que siguen vivos en la oscuridad de una sala.
Cuando ves una película, ¿qué te atrapa primero: la calidad del guion, las actuaciones o el lenguaje no verbal del cine?
Depende de la película, pero probablemente lo primero que percibo es el tono. Después llega todo lo demás: el guion, la interpretación, la puesta en escena. Tengo debilidad por los buenos diálogos porque soy escritora y vivo de las palabras, pero también admiro muchísimo a quienes saben contar sin ellas. Hay escenas enteras de cine que recuerdo décadas después y en las que apenas se pronuncia una frase. Pienso, por ejemplo, en In the Mood for Love.

Como escritora, ¿cuándo sientes que el cine te da herramientas que la literatura no puede alcanzar, y cuándo ocurre lo contrario?
El cine tiene una capacidad extraordinaria para trabajar con la simultaneidad. Una mirada, una música, una luz y un movimiento de cámara transmiten muchas cosas a la vez, algo que la literatura, de manera lineal, no capta de igual manera. La literatura, en cambio, entra donde el cine encuentra más dificultades: en los matices del pensamiento, en las contradicciones íntimas, en aquello que no sabemos expresar. No creo que uno sea superior al otro; simplemente exploran territorios distintos.
La literatura entra donde el cine encuentra más dificultades: en los matices del pensamiento, en las contradicciones íntimas, en aquello que no sabemos expresar.
Hay quien dice que el cine en blanco y negro obliga al espectador a completar lo que falta, como la poesía. ¿Te convence esa idea?
Sí, bastante. El blanco y negro introduce una distancia que paradójicamente acerca. Nos obliga a participar de manera más activa. Quizá por eso muchas películas antiguas han envejecido mejor de lo que cabría esperar. El espectador completa huecos, igual que hace cuando lee una novela en la que faltan descripciones.
¿Crees que el cine de hoy confía menos en el espectador que el de antes?
En general, sí. Vivimos en una época obsesionada con la claridad inmediata. Se explica mucho, se subraya mucho y se teme el silencio. Afortunadamente siguen existiendo directores que confían en la inteligencia del público, pero la tendencia dominante parece ser la de evitar cualquier riesgo de incomprensión.
Vivimos en una época obsesionada con la claridad inmediata. Se explica mucho, se subraya mucho y se teme el silencio.
¿Qué película contemporánea defenderías como prueba de que el cine sigue siendo imprescindible?
Hay muchas. Por citar una relativamente reciente, Anatomía de una caída, de Justine Triet, me parece un ejemplo magnífico. Habla de la verdad, de la pareja, de la percepción y del relato que construimos sobre los demás. Se mueve en todo aquello que nos hace sentir seguros y lo hace pedazos. Sale uno del cine con más preguntas que respuestas, y eso siempre me parece una buena señal.

¿Hay alguna obra maestra del canon que no te haya convencido, por mucho que lo hayas intentado?
Sí. Y además es una película que tiene todos los ingredientes para gustarme. Tiene un gran reparto, con un Omar Sharif en la cumbre de su atractivo, una enorme ambición narrativa, una historia de amor atravesada por la Historia con mayúsculas y una fotografía bellísima. Pero nunca he conseguido entrar del todo en Doctor Zhivago.
Creo que parte del problema radica en que leí antes la novela de Pasternak. El libro me fascinó. Me pareció mucho más complejo, más ambiguo y más rico de lo que suele recordarse. La historia de amor; la reflexión sobre la revolución, el individuo frente a la Historia, la creación artística y el modo en que los acontecimientos colectivos arrasan las vidas privadas. En cambio, la película siempre me ha dado la impresión de concentrarse mucho más en la dimensión romántica. Entiendo por qué es un clásico y admiro muchas de sus virtudes, pero nunca he sentido con ella la emoción que me produjo la novela.
De hecho, es uno de esos casos que me recuerdan que literatura y cine no juegan exactamente al mismo juego. Hay libros que uno admira y adapta con facilidad, y otros cuya verdadera fuerza está en la reflexión, el tiempo que pasamos dentro de la conciencia de los personajes. Para mí, Doctor Zhivago pertenece a esa categoría.
Si tuvieras que hacer una filmoteca mínima para alguien joven, ¿qué cinco películas incluirías?
Me costaría muchísimo reducirla a cinco, porque inmediatamente echaría de menos otras diez. Pero intentaría escoger películas que no solo sean excelentes, sino que además enseñen distintas maneras de mirar el mundo. Ciudadano Kane, porque cambió la forma de contar historias.
Blade Runner, porque plantea preguntas sobre la identidad, la memoria, la humanidad y el paso del tiempo que siguen siendo tan pertinentes hoy como cuando se estrenó. Además, pocas películas han creado un universo visual tan influyente.
Bailar en la oscuridad, de Lars von Trier, porque es una de las experiencias emocionales más intensas que he tenido como espectadora. Puede gustar más o menos, pero demuestra hasta qué punto el cine puede sacudirnos y dejarnos pensando durante años.
El espíritu de la colmena, porque enseña que el cine también puede ser poesía.

Y El viaje de Chihiro, porque la imaginación merece un lugar en cualquier canon.
¿Qué película te habría gustado escribir?
Solo ante el peligro. Una obra maestra de la tensión narrativa y de la construcción moral de un personaje. A menudo se recuerda como un wéstern, pero para mí es una historia sobre la soledad, la responsabilidad y el precio de hacer lo correcto cuando nadie quiere acompañarte.
Me fascina que toda la película se sostenga sobre una pregunta muy sencilla: ¿qué hace una persona cuando comprende que está sola ante aquello que debe afrontar?
Además, narra mucho con muy poco. Una trama sencilla, lineal, pero debajo de ella aparecen el miedo, la cobardía, la lealtad, el amor, el resentimiento y la conciencia individual frente a la presión del grupo.

Solo ante el peligro es una historia sobre la soledad, la responsabilidad y el precio de hacer lo correcto cuando nadie quiere acompañarte.
¿Y a qué rodaje de la historia del cine te habría gustado asistir?
Lo que el viento se llevó. Me habría fascinado asistir a aquel caos creativo. Ver cómo cambiaban directores, cómo se reescribían escenas prácticamente sobre la marcha, cómo los productores intervenían y cómo una película tan ambiciosa intentaba sostenerse bajo una presión enorme. Hoy tendemos a imaginar los clásicos como obras perfectas desde el principio, pero nacieron entre dudas, discusiones y problemas económicos irresolubles.
También me habría interesado observar cómo Vivien Leigh construía a Scarlett O’Hara, uno de los personajes femeninos más complejos y contradictorios que ha dado el cine. Escarlata no es especialmente virtuosa, ni simpática, ni mucho menos ejemplar, y sin embargo posee una fuerza vital extraordinaria. Los personajes femeninos que sobreviven durante décadas suelen tener esa complejidad. Y, por supuesto, habría sido fascinante contemplar cómo se rodaron algunas de las escenas más icónicas de la historia del cine, desde el incendio de Atlanta hasta ese final que forma parte ya del imaginario colectivo.
Tendemos a imaginar los clásicos como obras perfectas desde el principio, pero nacieron entre dudas, discusiones y problemas económicos irresolubles.
Pero creo que lo que más me habría interesado es el proceso, cómo una obra que parecía destinada al desastre acabó convirtiéndose en uno de los grandes mitos del cine. Como escritora, esas historias me resultan casi tan apasionantes como las que aparecen en la pantalla.
Es una verdad universalmente reconocida que no podemos continuar esta conversación sin preguntarte por Jane Austen y las hermanas Brontë.
Entre todas las versiones de Orgullo y prejuicio que ha dado el cine y la televisión, ¿con qué Lizzy te quedas y con qué Darcy, aunque no coincidan en la misma adaptación?
Sé que aquí voy a discrepar de bastantes austenitas, pero mi Lizzy es Keira Knightley. Me gusta su energía, su inteligencia, su rapidez y, sobre todo, que recupera que Elizabeth Bennet es muy joven. A menudo se la interpretaba con una serenidad y una madurez que la alejan de la muchacha brillante, impulsiva y a veces equivocada que aparece en la novela.

Además, la película de Joe Wright consiguió algo muy difícil: devolver a Orgullo y prejuicio cierta sensación de vida, de barro, de ruido y de movimiento. Los Bennet no eran estatuas ingeniosas que intercambiaban frases perfectas en salones impecables.
En cuanto a Darcy, probablemente siga quedándome con Colin Firth. No porque sea necesariamente el más fiel al libro en todos los aspectos, sino porque logró fijar una imagen del personaje que ha marcado varias generaciones de lectores y espectadores.

Ahora bien, si pudiera hacer una adaptación ideal, seguramente mezclaría elementos de varias versiones. Ninguna ha conseguido capturar por completo todo lo que Jane Austen puso en la novela: el humor, la ironía, la crítica social y, sobre todo, esa capacidad extraordinaria para observar las debilidades humanas sin dejar de querer a sus personajes.
Ninguna adaptación de Orgullo y prejuicio ha conseguido capturar por completo todo lo que Jane Austen puso en la novela.
¿Hacemos lo mismo con Jane Eyre? ¿Quién sería tu Jane y quién tu Rochester?
Mia Wasikowska me parece una Jane excelente porque transmite fortaleza sin necesidad de estridencias. Y Michael Fassbender consiguió dotar a Rochester de intensidad sin convertirlo en una caricatura gótica.

¿Cathy y Heathcliff?
Esa es más difícil. Con Jane Eyre suelo tener opiniones bastante claras, pero con Cumbres borrascosas… Quizá el problema no esté en los actores, sino en la propia naturaleza de la novela. Heathcliff no es un héroe romántico; es una fuerza destructiva. Y Cathy tampoco es una heroína convencional. Muchas adaptaciones han intentado convertirlos en amantes apasionados cuando Emily Brontë escribió algo mucho más oscuro e inquietante. No me vuelve loca ninguna adaptación de Cumbres borrascosas. Sigue pareciéndome una de esas novelas que funcionan mejor en la imaginación del lector que en la pantalla.
Heathcliff no es un héroe romántico; es una fuerza destructiva.
Antes de cerrar este capítulo, una estrictamente literaria: entre Austen y las Brontë, ¿cuál de ellas construye los mejores protagonistas y cuál los mejores personajes secundarios?
Los mejores protagonistas, probablemente Emily Brontë. Heathcliff sigue siendo uno de los grandes personajes de la literatura universal. Los mejores secundarios, sin duda, Jane Austen. Pocas escritoras han sido tan precisas a la hora de retratar un carácter con apenas unas pinceladas.
En tu último libro hablas de lugares que ya no existen. ¿Qué formas de ver o hacer cine crees que se han perdido ya o están en vías de desaparecer?
Echo de menos cierta paciencia narrativa. La posibilidad de que una película se detenga, observe y respire. También la idea de que no todo tiene que convertirse en franquicia, universo expandido o producto seriado. Hay formas de contar que requieren singularidad y riesgo, y son esas las que me parecen más frágiles y las más interesantes.
Si pudieras invitar a cenar a tres figuras del cine de cualquier época —director, actor o actriz y guionista—, ¿a quiénes elegirías?
A Billy Wilder, porque sospecho que la conversación sería brillante de principio a fin. A Katharine Hepburn, porque fue una mujer extraordinariamente inteligente y poco convencional. Y a Nora Ephron, porque admiro su capacidad para observar a los seres humanos con humor, lucidez y compasión. Sospecho que yo apenas hablaría durante la cena, pero sería una velada inolvidable.
