Hay una injusticia menor pero persistente en la historia del cine clásico, y es que a Mitchell Leisen se lo recuerda principalmente como el hombre que hizo tan poco con los guiones de Billy Wilder que Wilder decidió empezar a dirigirlos él mismo. La anécdota es real, la conclusión es injusta. Medianoche está, entre otras, ahí para demostrarlo.
El guion es de Wilder y Charles Brackett (el mismo año en que también escribieron Ninotchka para Lubitsch, lo cual dice bastante de lo que era un año de trabajo normal para estos dos), y es tan bueno que resulta fácil atribuirle todos los méritos de la película. Claudette Colbert llega a París sin un céntimo y con un vestido de noche de lamé dorado, conoce a un taxista húngaro (Don Ameche) que se enamora de ella en el tiempo que tarda en cruzar la ciudad, y acaba colándose en la fiesta de un aristócrata (John Barrymore) que necesita a alguien que le quite de encima al amante de su mujer (Mary Astor). A partir de ahí, todo el mundo miente a todo el mundo con una eficiencia y una elegancia que solo la Paramount de los treinta sabía producir.
Lo que Leisen aporta a todo esto no es invisible. La velocidad es suya. El ritmo de los gags visuales (y hay varios que no deben nada al texto) es suyo. La manera en que Colbert ocupa el encuadre (con su perfil izquierdo, como era habitual) siempre un poco por delante de lo que está a punto de pasarle, es suya. Leisen, como ya sabéis, venía del diseño de vestuario y la dirección artística, lo cual en otro habría resultado en un cine decorativo y frío. En él produce lo contrario: una superficie tan perfectamente construida que uno se olvida de que está ahí.
Colbert está muy bien, como casi siempre, aunque uno no pueda evitar pensar de vez en cuando lo que habría hecho Lombard con este material, o Irene Dunne, que tenía una manera de tomarse la comedia en serio que pocas actrices de la época igualaron. Barrymore, que ya estaba en la recta final de su carrera y de su vida, hace algo que pocos actores en ese estado consiguen: estar completamente presente. Sus ojos valen por diez páginas de diálogo. Ameche, al que la historia ha tratado con cierta condescendencia, sostiene la película con su acostumbrada solidez.

¿Es Midnight una de las grandes screwball comedies? Sin duda. ¿Está en primera línea junto a Sucedió una noche (It Happened One Night), La fiera de mi niña (Bringing Up Baby), Luna nueva (His Girl Friday) o Al servicio de las damas (My Man Godfrey)? Casi, pero no del todo. La diferencia con las obras maestras absolutas del género no es de talento ni de intención; es de esa chispa inexplicable que a veces aparece y a veces no.
Lo que Midnight tiene, en cambio, es algo que las screwball más celebradas no siempre tienen: una melancolía de fondo, casi invisible, que le da a la comedia una textura inesperada. Debajo de todo el ingenio y la velocidad hay una mujer que miente porque no tiene otra opción, y un hombre que la quiere precisamente porque ella miente mejor que nadie. Wilder, como siempre, tenía las máscaras muy presentes. Y Leisen, que supuestamente no entendía a Wilder, las filmó con una precisión que el propio Wilder reconoció años después.
Está en Filmin. No hay excusa.

De mis comedias clásicas favoritas
Buen gusto, sí señor 🙂