En la Paramount de finales de los treinta había un hombre que tenía la habilidad de provocar la misma epifanía en los mejores guionistas de Hollywood: la de que necesitaban ponerse a dirigir sus propios guiones inmediatamente. Se llamaba Mitchell Leisen, y lo hizo dos veces en dos años consecutivos sin que nadie, incluido él, pareciera darse cuenta de lo que estaba haciendo.
La historia oficial, contada durante décadas con la autoridad que da el vencedor, es sencilla: Leisen era un decorador con ínfulas que no entendía la escritura, que mutilaba los guiones con la misma alegría con que elegía los tapices, y que tuvo la mala suerte de trabajar con dos de los mejores escritores de su generación, que naturalmente se hartaron y se pusieron a dirigir ellos mismos. Wilder lo llamó «un escaparatista». Sturges no fue mucho más amable.
El problema con la historia oficial es que las películas no la corroboran.
Sturges llegó primero. Escribió para Leisen Una chica afortunada (Easy Living) en 1937 (una screwball perfecta con Jean Arthur) y luego Recuerdo de una noche (Remember the Night) en 1940, con Barbara Stanwyck y Fred MacMurray. Esta segunda fue la última vez que Sturges dejó su guión en manos de otro.
Leisen cortó el texto considerablemente antes y durante el rodaje. Lo que más dolió fue el cambio de enfoque: en el guión original, el personaje de MacMurray —un fiscal de distrito— era elocuente, ligeramente teatral, dispuesto a declamar los grandes discursos que Sturges le había escrito. Leisen consideró que MacMurray no tenía la capacidad verbal para sostenerlos y los eliminó, desplazando el peso de la película hacia Stanwyck. La película, todo hay que decirlo, es extraordinaria.

Sturges se fue a dirigir El gran McGinty (The Great McGinty) ese mismo año. Luego vinieron Las tres noches de Eva (The Lady Eve), Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels), Un marido rico (The Palm Beach Story). En cuatro años hizo casi las mejores comedias americanas del período. Lo que Leisen le había quitado al guión, Sturges se lo devolvió multiplicado en sus propias películas: el ritmo frenético, los personajes secundarios disparatados, el caos perfectamente orquestado. Lo que Leisen dirigía con elegancia y contención, Sturges lo dirigiría como si hubiera decidido que la pantalla no era suficientemente grande para todo lo que quería meter dentro.
Wilder tardó un año más en llegar al mismo punto, y llegó por una cucaracha.
Billy y Charles Brackett llevaban ya tres películas con Leisen —Medianoche (Midnight), Adelante, mi amor (Arise, My Love) y finalmente Si no amaneciera (Hold Back the Dawn)— cuando ocurrió el incidente. Wilder se cruzó con Charles Boyer en el comedor de la Paramount y le preguntó cómo iba el rodaje. Boyer le contó que acababa de conseguir que Leisen eliminara una escena: su personaje, un gigoló rumano atrapado en un hotel de la frontera mexicana esperando el visado, le hablaba a una cucaracha en la pared. «¿Adónde va? ¿No tiene visado? Pues no puede entrar». Boyer la consideró una tontería. Wilder se quedó mudo. Hay quien dice que cuando subió a su despacho con Brackett, dijo: «Si ese hijo de perra no puede hablarle a una cucaracha, que no hable con nadie», tachando del guión todas las partes de Boyer que pudieron. No me extrañaría nada, ya que el final es algo abrupto para los estándares de Brackett y Wilder.
Era una escena perfectamente wilderiana: el inmigrante sin papeles frente al insecto sin papeles, la burocracia reducida al absurdo en treinta segundos de monólogo. Leisen no la entendió, o no quiso entenderla, o simplemente cedió ante la incomodidad de su actor. El resultado fue que Wilder empezó a dirigir sus propios guiones con El mayor y la menor (The Major and the Minor) en 1942 y ya no paró.
Wilder como director es más oscuro, más cruel, más desencantado que cualquier cosa que Leisen haya tocado y modificado. La cucaracha eliminada de Si no amaneciera es, en retrospectiva, el síntoma de una incompatibilidad profunda: Leisen hacía películas que creían en la gente, o al menos que la miraban con afecto. Wilder hacía películas que sabían exactamente de qué era capaz la gente.
Pero aquí está la pregunta que no tiene respuesta: las películas de Leisen con guiones de Wilder y Brackett, ¿son peores que si las hubiera dirigido Wilder? Medianoche es una de las mejores comedias de los treinta. Si no amaneciera fue nominada a seis Oscar, incluyendo mejor película. Leisen hace con el texto de Wilder algo que Wilder tardará años en aprender a hacer con sus propios textos: equilibrar el cinismo con algo parecido a la ternura. Boyer en Si no amaneciera no es simplemente un embustero con encanto, es un hombre atrapado entre lo que es y lo que podría llegar a ser, y esa ambivalencia Leisen la convierte en el centro de la película. Wilder quizá hubiera hecho algo más brillante, pero bastante más frío.
Mitchell Leisen murió en 1972 sin haber recibido demasiado crédito por nada de esto. Wilder y Sturges se llevaron los titulares y la gloria. Leisen se quedó con las películas, que tampoco está nada mal.
