Hollywood siempre ha tenido su propia cadena trófica. En la cúspide estaban los grandes estudios con sus estrellas intocables y sus platós del tamaño de un país pequeño. Abajo se encontraba un rincón que la industria bautizó como Poverty Row: una hilera de estudios diminutos, casi todos apretujados en el mismo tramo de Gower Street, que hacían películas con el presupuesto que la MGM gastaba en catering. Poverty Row fue el vertedero de Hollywood y también, sin proponérselo, su laboratorio secreto.
El término no es un eufemismo cariñoso inventado a posteriori por algún historiador nostálgico; era así como la gente del negocio llamaba a esa zona. Productoras como Monogram Pictures, Producers Releasing Corporation (PRC), Grand National, Tiffany, Chesterfield, Invincible, Mascot Pictures y la más ambiciosa de todas, Republic Pictures, que se pasó buena parte de su existencia intentando desesperadamente que no la confundieran con sus vecinos de barrio.
En la época dorada del cine clásico ir a las salas no era ver «una película», era consumir un programa entero: noticiario, corto y dos largometrajes, uno «A» (la superproducción con estrellas) y uno «B» (el que casi nadie recordaba al salir). Poverty Row vivía, respiraba y a veces moría fabricando esos segundos platos.
Si tuviéramos que resumir la filosofía de producción de Poverty Row en una frase, sería algo así como: «¿Por qué construir un decorado nuevo si podemos tener uno mejor de otra película?”. Los estudios grandes rodaban una cinta en semanas o meses; en Monogram o PRC, un rodaje de seis días ya se consideraba un auténtico lujo. Se reciclaban decorados, vestuario e incluso metraje entero de otras obras —una técnica conocida como stock footage (metraje de archivo)—. El héroe podía cruzar a caballo un desierto de Arizona y, tres planos después, aparecer galopando por un decorado que se parecía sospechosamente al de otra película.
El caso Republic: los aristócratas del barrio pobre
Si Poverty Row fuera un barrio, Republic Pictures sería la casa de la esquina con el césped bien cortado. Fundada en 1935 por Herbert Yates —un hombre que entendía de negocios de laboratorios cinematográficos mucho más que de arte, pero con muy buen ojo para el dinero—, Republic nació tras forzar la fusión de varias pequeñas compañías de la zona, entre ellas la propia Mascot e incluso Monogram (aunque esta última rompería el acuerdo en 1937 para refundarse de forma independiente).
Republic se convirtió rápidamente en el estudio más «respetable» de la fila. Tenían sus propios platós decentes, un departamento de efectos especiales admirado por los gigantes de la industria y la ambición de hacer algo más que puro relleno.
Republic construyó su imperio sobre dos pilares: los seriales de aventuras (capítulos semanales con cliffhangers absurdos que terminaban con el héroe colgando de un precipicio) y los wésterns de bajo presupuesto que consolidaron a un tipo llamado Marion Morrison —a quien probablemente conozcas mejor como John Wayne— como el rey indiscutible de la serie B. Wayne picó piedra en Republic hasta convertirse en una superestrella de primera línea con La diligencia (Stagecoach, 1939). También le proporcionaron un hogar a Gene Autry y Roy Rogers, los vaqueros cantantes que definieron el wéstern musical, un subgénero que hoy puede sonar a chiste pero que en su momento llenaba salas a reventar.

Republic incluso se atrevió a hacer películas «prestigiosas» con actores de renombre, como si quisiera demostrar a las majors que también podía jugar en su liga. El resultado casi siempre era el mismo: buenas intenciones, presupuesto insuficiente y una crítica que los trataba con la condescendencia reservada a quien se presenta a una gala de etiqueta con un traje alquilado.
Monogram y PRC: cuando el sótano tiene sótano
Si Republic era la aristocracia, Monogram Pictures y Producers Releasing Corporation eran los vecinos del inframundo presupuestario. Monogram se especializó en series baratas y reconocibles. Su gran jugada con los misterios de Charlie Chan (con todo el bagaje incómodo del whitewashing de la época) llegó en 1944 al heredarlos como un descarte de la 20th Century Fox, demostrando que en Gower Street hasta las franquicias se compraban de segunda mano. Completaban su catálogo las comedias de los Bowery Boys y wéstern tras wéstern producidos con la regularidad de una fábrica de salchichas.

PRC, fundada a finales de los 30, se llevó el título no oficial de «estudio más pobre de todo Hollywood», y lo llevó con cierto orgullo perverso. Aquí es donde la historia se pone genuinamente fascinante, porque PRC fue el refugio de Edgar G. Ulmer, un director austríaco formado en el expresionismo alemán que terminó, por una serie de giros dignos del cine noir, haciendo baratísimas películas de terror y crimen.
En 1945, con un presupuesto diminuto y un calendario exprés de apenas dos semanas (que la leyenda de Hollywood reduciría después a la épica cifra de seis días), Ulmer dirigió Detour, una cinta negra tan desesperada y visualmente audaz que hoy figura en el Registro Nacional de Cine de EE. UU. como obra de importancia histórica. El estudio más pobre del callejón más pobre produjo, casi por accidente, una de las películas más influyentes del cine negro estadounidense.

PRC también acogió a Bela Lugosi, que a esas alturas había pasado de ser el Drácula más icónico de la historia a protagonizar cintas como El murciélago diabólico (The Devil Bat, 1940), trabajando con guiones que le hacían parecer el protagonista de una tragedia griega deambulando por los estudios de Los Ángeles.
RKO y la frontera con la Serie B
Existía, además, una criatura híbrida en este ecosistema: RKO Pictures. Formaba parte de los Big Five (los cinco grandes estudios), pero vivía en una esquizofrenia presupuestaria constante. Mientras rozaba el cielo con superproducciones de prestigio o con Ciudadano Kane, utilizaba su unidad de serie B —liderada por productores visionarios como Val Lewton— para crear obras maestras del terror sugerido como La mujer pantera (Cat People, 1942). RKO demostró que se podía rodar con los presupuestos y decorados reciclados con una sofisticación artística que a veces dejaba en evidencia a los gigantes de la industria.

No todos lograron sobrevivir lo suficiente para ganarse una nota al pie en los libros de historia. Mascot Pictures se especializó en seriales de acción. Tiffany Pictures intentó hacerse un nombre en los albores del cine sonoro antes de desaparecer a mediados de los 30. Grand National sobrevivió apenas unos años, siendo conocida principalmente por haber producido los primeros proyectos independientes de James Cagney tras su ruptura con Warner Bros.
Ninguna de estas productoras tenía la extraña dignidad artística accidental de PRC: eran máquinas de producir contenido desechable para llenar horarios de proyección, sin más aspiración que sobrevivir al viernes.
Por qué importa tanto Poverty Row
Primero, porque funcionó como una escuela de oficio brutal pero efectiva. Actores, directores y técnicos que empezaron rodando en seis días para Monogram terminaron en producciones de prestigio, llevando consigo habilidades de improvisación y eficiencia que los estudios ricos no desarrollaban.
Segundo, porque la falta de presupuesto traía un regalo oculto: la ausencia de interferencia ejecutiva. Aunque el rígido Código Hays se aplicaba por ley a todas las películas, en la serie B no se vigilaban tanto los guiones ni se exigía continuamente suavizar el tono. Ulmer pudo hacer un noir tan crudo como Detour porque la única presión que tenía era entregar la lata a tiempo.
Poverty Row no desapareció por sus propios méritos o deméritos, sino que sufrió la misma muerte lenta que acabó con todo el sistema de estudios clásico. El fallo antimonopolio de 1948 contra Paramount, que obligó a separar la producción de la exhibición en salas, cambió las reglas del juego. Luego, como todos sabemos, llegó el enemigo final: la televisión, que ofrecía el mismo entretenimiento pero gratis y en el salón de casa.
