Kelsey Grammer ganó el Globo de Oro al mejor actor dramático en 2012. Lo ganó interpretando a un alcalde de Chicago corrupto y enfermo terminal en una serie que hoy no recuerda casi nadie. Ese año competía contra nada menos que Bryan Cranston en pleno apogeo de Breaking Bad.
La serie era Boss. Un alcalde de Chicago corrupto, enfermo terminal, que oculta su diagnóstico para mantenerse en el poder, inspirado vagamente en el alcalde real Richard M. Daley. Con la decisión consciente de no adscribirlo a ningún partido, porque ambos serían capaces de hacer exactamente lo mismo. Starz la había encargado sin piloto, basándose únicamente en la fuerza del guion. El primer episodio lo dirigió Gus Van Sant en su primera experiencia televisiva.
Grammer (sí, Frasier) construyó desde cero uno de los personajes más amenazantes de la televisión americana de su década. La segunda temporada llegó con críticas aún mejores que la primera. La audiencia, sin embargo, cayó un 52% respecto al estreno.
En febrero de 2013, Netflix hizo su gran apuesta por el contenido propio con House of Cards. 100 millones, David Fincher y Kevin Spacey. El mundo entero habló de ello. Tres meses antes, en la más absoluta indiferencia, Starz había cancelado Boss.
Hubo conversaciones para hacer una película de dos horas que cerrara la historia. No se hizo. House of Cards contó con seis temporadas y 73 episodios. Boss tuvo que conformarse con 18 episodios y un cliffhanger sin resolver.
La mejor serie política de su momento.
