Antes de que existieran los efectos digitales, antes de que las prótesis de silicona permitieran transformaciones casi indoloras, un hombre se sentaba cada mañana ante un espejo y se sometía voluntariamente a algo cercano a la tortura. Lon Chaney, el actor más versátil del Hollywood mudo, no solo interpretaba monstruos, jorobados y desdichados: los construía con sus propias manos, con agujas, hilos metálicos y un líquido transparente llamado collodion.
El resultado eran criaturas que trascendían la pantalla y se instalaban en las pesadillas del público de los años veinte. Chaney no actuaba con su cara: la esculpía. Y el precio que pagó por ello —sesión tras sesión, película tras película— fue uno de los sacrificios físicos más extraordinarios que se recuerdan en la historia de cualquier tipo de espectáculo.
Entre el sufrimiento del actor y el asombro del espectador solo había un espejo, unos pinceles y una sustancia que olía a éter.
El collodion —colodión en castellano— es una solución viscosa de nitrocelulosa en éter y alcohol que lleva usándose en medicina desde mediados del siglo XIX. Los cirujanos lo empleaban para sellar pequeñas heridas: al evaporarse el disolvente, dejaba una película elástica y transparente que actuaba como una segunda piel. Chaney descubrió, con la agudeza experimental de quien no tiene manuales que consultar, algo mucho más interesante: aplicado en capas sucesivas sobre la piel del rostro y dejado secar, el collodion tira, arruga y deforma los tejidos de una manera completamente convincente.
El collodion contiene nitrocelulosa disuelta en éter etílico y etanol. Su exposición prolongada y repetida puede causar dermatitis de contacto, hipersensibilización química e irritación severa de mucosas. Los vapores de éter son además neurotóxicos. Chaney lo aplicaba directamente sobre piel sana, a menudo cerca de los ojos y la boca, en rodajes que duraban semanas.
El Jorobado de Notre Dame (1923) fue la primera gran demostración pública de hasta dónde podía llegar Chaney. Para interpretar a Quasimodo en la versión de la Universal, diseñó un arnés de cuero y escayola de unos 30 kilogramos que distribuía el peso de forma asimétrica para forzar su columna en la postura característica del jorobado. Bajo ese corsé ortopédico invertido, apenas podía caminar, incluso durante los descansos.
Pero el rostro era igualmente brutal. El collodion aplicado alrededor del ojo derecho lo tiraba hacia abajo, creando el párpado caído de Quasimodo. La nariz estaba modificada con materiales propios. Los dientes eran una prótesis incómoda de fabricación casera. Chaney llegaba al set antes que nadie y se marchaba el último: la sesión de maquillaje podía durar cuatro horas; quitárselo, casi otras dos, con aceites y mucha paciencia para no arrancarse piel junto al collodion seco.
Si el Quasimodo fue una exhibición de fuerza bruta, el Erik de El Fantasma de la Ópera fue probablemente su obra maestra. Chaney quería probar algo diferente: no la deformidad acumulada y compasiva del jorobado, sino algo que pusiera los pelos de punta. Una cara que pareciera, básicamente, una calavera con piel. El resultado, cuando Christine le arranca la máscara en la célebre escena sigue siendo una de las imágenes más sobrecogedoras de toda la historia del cine.
Chaney insertaba filamentos de alambre fino por las fosas nasales para ensancharlas y elevar la punta, creando ese aspecto de nariz chata y espectral. Sobre los pómulos y alrededor de los ojos, múltiples capas de collodion rígido tensaban la piel hasta dar con una apariencia cadavérica. Las orejas estaban pegadas al cráneo con adhesivo. Los ojos, subrayados con maquillaje oscuro, acentuaban el hundimiento de las órbitas.
El collodion siguió usándose en efectos especiales durante décadas. Jack Pierce, el maquillador que creó al Frankenstein de Boris Karloff y al Hombre Lobo de Lon Chaney Jr. —el hijo que vivió eternamente bajo la sombra del padre— empleaba técnicas directamente heredadas de lo que había observado en el trabajo de Chaney. Las máscaras de látex y, más tarde, las prótesis de silicona de Rick Baker o Dick Smith son, en cierta forma, la respuesta tecnológica a una misma pregunta que Chaney se hizo primero: ¿hasta dónde puede llegar un actor para interpretar y convencer?
