Ang Lee llegó a este proyecto después de Sentido y sensibilidad (Sense and Sensibility) —una película sobre los códigos de la represión victoriana— y antes de Tigre y dragón (Crouching Tiger, Hidden Dragon), una película sobre los códigos del honor marcial. En medio, una historia sobre la clase media americana de los setenta que se desintegra en silencio mientras el Watergate agoniza en la televisión del salón. Que un director taiwanés fuera el más indicado para diseccionar ese momento específico de la suburbia estadounidense es una de esas paradojas que el cine resuelve con más elegancia que cualquier argumento teórico. Lo que atrajo a Lee al proyecto fue específicamente el clímax de la novela de Rick Moody: la tormenta de hielo del título, el accidente. Construyó la película hacia atrás desde ese momento. Toda la incomodidad, toda la vergüenza ajena, toda la frialdad emocional de los noventa minutos anteriores existe para que ese final tenga el peso que tiene.
El guionista James Schamus llegó a la novela a través de su mujer, que conocía a Moody del programa de escritura creativa de la Universidad de Columbia. Lo que convenció a Schamus fue la paradoja que encierra el libro: «es un libro asombrosamente cinematográfico, pero por sus cualidades literarias la gente puede haber pasado por alto sus extraordinarias posibilidades como cine». El guion que escribió es uno de los mejores de los noventa: ajustado, preciso, con un sentido del ritmo que sabe exactamente cuándo dejar de hablar y cuándo dejar que la imagen trabaje sola.
El reparto es una de esas confluencias que solo ocurren cuando un proyecto llega en el momento exacto. Kevin Kline, Joan Allen y Sigourney Weaver como los adultos, cada uno encerrado en su propia versión del fracaso. Y los jóvenes: Tobey Maguire, Christina Ricci, Elijah Wood y Katie Holmes, todos en el umbral de sus carreras, todos con esa cualidad específica de no saber todavía muy bien lo que hacen, pero hacerlo de todas formas, que es exactamente lo que sus personajes necesitan. Weaver ganó el BAFTA a mejor actriz secundaria. Dicen que Moody, el autor de la novela, lloró durante los créditos finales. Son dos reacciones distintas ante la misma película y las dos son perfectamente comprensibles.

La fotografía de Frederick Elmes —que había trabajado con Lynch en Cabeza borradora (Eraserhead) y Terciopelo azul (Blue Velvet)— convierte Connecticut en un paisaje moral. Los colores apagados, los interiores demasiado ordenados, las caras iluminadas desde ángulos que revelan más de lo que los personajes querrían mostrar. El hielo de la tormenta final se creó con carámbanos de resina y miles de litros de gel fijador de pelo. Parece real porque en cierto modo lo es: todo en esta película parece real porque en cierto modo lo es.
La tormenta de hielo recaudó 16 millones de dólares en todo el mundo con un presupuesto de 18. Fracasó en taquilla, como fracasan las películas incómodas que no quieren venderse como puro entretenimiento porque, sencillamente, no lo son.
