En 1951 el guionista Edmund North entregó a la Fox el guion de Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still) con un secreto escondido dentro. Había construido al protagonista alienígena, Klaatu, como una versión espacial de Jesucristo.
Los paralelismos están por todas partes si sabes buscarlos. Klaatu llega a la Tierra con un mensaje de paz para toda la humanidad. Las autoridades lo rechazan y lo persiguen. Se mezcla con gente corriente bajo un nombre falso. Es traicionado por un Judas. Muere. Resucita. Y asciende al cielo nocturno al final de la película. El alias que elige mientras es Mr. Carpenter (Carpintero) y sus iniciales, J.C., coinciden con las de Jesucristo. El director Robert Wise afirmó que no había reparado en ninguno de estos paralelismos hasta que se los señalaron.
Los que sí repararon en ellos fueron los censores. Joseph Breen, el responsable de censura de la MPAA, se negó a aprobar la escena de la resurrección de Klaatu tal como estaba escrita. Exigió que se añadiera una línea que dejara claro que el poder sobre la vida y la muerte «está reservado al Espíritu Todopoderoso». North y Wise aceptaron a regañadientes. El resultado es una de las frases más raras de toda la ciencia ficción de los 50: un alienígena explicando los límites teológicos de su resurrección.

El robot Gort tiene su propia historia. En el cuento original de Harry Bates en que se basa la película, el robot se llamaba Gnut. Lo cambiaron para el filme. Para encontrar a alguien que pudiera meterse dentro del traje, el director recurrió al portero del Grauman’s Chinese Theatre de Hollywood, un hombre llamado Lock Martin que medía 2,31 metros. Martin era enorme pero físicamente débil; el traje de goma pesaba tanto que sólo podía llevarlo unos treinta minutos seguidos. Cuando la escena requería que Gort cargara a Patricia Neal tuvieron que sujetarla con cables a una grúa porque Martin no tenía fuerza suficiente para levantarla. En los planos estáticos usaban una réplica de fibra de vidrio. El robot más amenazante de la ciencia ficción de los 50 era, en la práctica, un portero agotado dentro de un disfraz que pesaba demasiado.
