La norma no escrita cuando te enganchas a una serie de televisión dice que tú pones las palomitas, tu tiempo y si solo se puede ver en alguna plataforma de streaming, también pones el dinero de la cuota mensual. A cambio, el creador (más bien el showrunner, que muchas veces es el mismo pero no siempre), se compromete a proporcionarte, entre otras cosas, un final digno. La última pieza del rompecabezas.
Pocas veces el espectador se ha sentido tan desamparado, y tan furioso, como en las noches que cerraron The Prisoner en 1968 con su delirio surrealista y Los Soprano en 2007 con su fundido a negro y su silencio abrupto. Dos épocas distintas, pero un mismo veredicto del público: una mezcla de estafa, cortocircuito mental e indignación colectiva.
Para entender el shock de febrero de 1968 hay que ponerse en la piel del espectador británico. Llevaban meses obsesionados con The Prisoner, un thriller psicológico sobre un espía secuestrado en una isla misteriosa conocida como «La Villa». Todo el país esperaba la respuesta a la gran pregunta de la serie: ¿Quién era el «Número 1», el cerebro en la sombra?
Llega el último episodio, te sientas en el sofá, y lo que te encuentras es, como hemos dicho, un delirio surrealista con juicios absurdos, cohetes espaciales y un tipo con una máscara de mono.
¿La respuesta a la gran pregunta? El malo eres tú mismo. O algo así.
La reacción del público británico no fue de «oh, qué final tan intelectual». Fue de ira pura. La centralita de la cadena ITV ardió con miles de llamadas de espectadores que pensaban que les estaban tomando el pelo. Pero la cosa no se quedó en un par de quejas. A Patrick McGoohan, el creador y protagonista, le empezó a llegar un aluvión de cartas al buzón de su casa que daban bastante miedo, incluyendo amenazas de muerte de gente que exigía saber qué significaba ese sinsentido.
¿Qué hizo McGoohan? Huir. Hizo las maletas, se escondió un tiempo en las montañas de Gales y terminó mudándose a Estados Unidos.

El público de The Prisoner llevaba 17 episodios atrapado en «La Villa» queriendo saber quién gobernaba el lugar. El de Los Soprano llevaba 86 episodios y ocho años de sus vidas siguiendo a Tony, esperando a ver si iba a la cárcel o terminaba con un tiro en la cabeza.
David Chase no tuvo que esconderse en un bosque (igual se fue a Pine Barrens a buscar al ruso mientras se calmaban los ánimos), pero la herida que dejaron en el espectador fue exactamente la misma.
