El 3 de mayo de 1938, la Independent Theatre Owners Association publicó un anuncio a página completa en el Hollywood Reporter con un titular bastante explícito: WAKE UP! Hollywood Producers. El texto, firmado por Harry Brandt, presidente de la asociación, argumentaba que los grandes estudios estaban arruinando a los exhibidores al pagar salarios astronómicos a estrellas cuya capacidad de llenar salas era, en sus propias palabras, “cero”. A continuación, listaba nombres.
Greta Garbo, Marlene Dietrich, Mae West, Joan Crawford, Kay Francis, Katharine Hepburn, Edward Arnold, Norma Shearer, Luise Rainer, Dolores del Río, John Barrymore. En un artículo posterior en el Independent Film Journal, Brandt añadió a Fred Astaire. Doce nombres que representaban buena parte del star system del Hollywood clásico, reunidos en una misma página de periódico bajo la acusación de ser un lastre para la industria.
La frase que dio título a todo el episodio no aparecía en el titular. Era una línea específica sobre Dietrich: Dietrich, too, is poison at the box office. Box office poison. Veneno para la taquilla. Una etiqueta que, en el Hollywood de los contratos de siete años y el poder absoluto de los estudios, podía significar el fin de una carrera.
El contexto: una industria con miedo
Para entender por qué el anuncio tuvo el impacto que tuvo, hay que entender en qué punto estaba Hollywood en 1938.
Los años treinta habían sido la época dorada del sistema de estudios: contratos largos, control absoluto sobre las carreras, y un público que consumía cine con una regularidad que hoy resulta difícil de imaginar. Pero hacia 1937, la asistencia a las salas había caído de forma significativa. Las causas eran múltiples: la economía seguía recuperándose de la Gran Depresión, la radio competía con el cine como entretenimiento doméstico, y el público parecía estar cambiando sus gustos de formas que los estudios no sabían interpretar del todo.
La respuesta de los exhibidores fue buscar culpables. Y los culpables más visibles eran las estrellas: esos actores y actrices que cobraban entre setenta y cien mil dólares por película y no siempre llenaban las salas. El anuncio de Brandt era, en el fondo, un argumento laboral disfrazado de análisis de mercado. No decía que esas estrellas fueran malos actores —el texto reconocía explícitamente que su talento dramático era indiscutible—. Decía que sus salarios no estaban justificados por su rendimiento en taquilla.
Lo que el anuncio no decía, y que los historiadores han señalado después, es que la caída de la taquilla de esas estrellas no era necesariamente culpa de ellas. En varios casos, los estudios las habían encasillado en el mismo tipo de papel una y otra vez hasta que el público se cansó. En otros, les habían dado vehículos deficientes. La pregunta de si el problema era la estrella o el material nunca apareció en el anuncio de Brandt.
Katharine Hepburn: el contraataque más inteligente
Si hay una historia que resume todo lo que el episodio del box office poison puede enseñar sobre el poder y sus límites, es la de Katharine Hepburn.
Hepburn había llegado a Hollywood en 1932 y ganado el Oscar a mejor actriz con solo su tercer film, Gloria de un día (1933). Era una estrella de primera magnitud, con una inteligencia y una independencia que el sistema de estudios toleraba mientras llenaba salas y que dejó de tolerar cuando dejó de llenarlas. Hacia 1937 y 1938, una serie de fracasos en taquilla —entre ellos La fiera de mi niña (1938), que con el tiempo se convertiría en una de las screwball comedies más celebradas de la historia, pero que en su momento fue un fiasco comercial— habían erosionado su posición en RKO.
Cuando el anuncio de Brandt salió publicado, RKO le ofreció un papel en una película de serie B llamada Mother Carey’s Chickens. Hepburn se negó. Y en lugar de negociar, hizo algo que en la lógica del star system de la época era casi impensable: compró su propio contrato y se marchó.
Lo que hizo a continuación fue brillante. Volvió a Connecticut, contactó al dramaturgo Philip Barry —con quien ya había trabajado en Vivir para gozar (Holiday, 1938)— y colaboraron en la escritura de una obra de teatro a medida: The Philadelphia Story, con Hepburn como protagonista absoluta. Tracy Lord, una mujer de la alta sociedad enfrentada a sus propias contradicciones en vísperas de una segunda boda. La obra se estrenó en Broadway y fue un éxito rotundo.

Entonces Hepburn hizo algo todavía más audaz: con la ayuda de Howard Hughes —quien le compró los derechos como regalo—, negoció el traspaso al cine en condiciones que ninguna actriz de la época habría podido exigir. Convenció a MGM de que la produjera, eligió a sus coprotagonistas —Cary Grant y James Stewart— y conservó suficiente control creativo sobre el proyecto para garantizar que sería su película. Cuando Historias de Filadelfia se estrenó en 1940, el New York Times dedicó parte de su crítica a señalar que alguien había llamado «veneno para la taquilla» a Hepburn poco tiempo antes.
La película fue nominada a seis Oscars. Stewart ganó el de mejor actor. Hepburn no ganó —la Academia se lo dio a Ginger Rogers por Espejismo de amor (Kitty Foyle)— pero su posición en Hollywood había cambiado para siempre. Ya no era una estrella dependiente de un estudio. Era una institución.
Lo que hace excepcional la historia de Hepburn no es solo el comeback sino la forma en que lo ejecutó. No esperó a que alguien le diera una segunda oportunidad. Construyó el vehículo, compró los derechos, eligió el reparto y negoció las condiciones. En un sistema diseñado para que las estrellas fueran solo un producto, Hepburn decidió ser productora. Ganaría tres Oscars más en las décadas siguientes, por Adivina quién viene esta noche (1967), El león en invierno (1968) y En el estanque dorado (1981).
Joan Crawford: el Oscar siete años después
El caso de Joan Crawford es más oscuro y más complicado, y quizás por eso el que más ha persistido en la memoria de los cinéfilos. Si Hepburn gestionó su crisis con inteligencia estratégica, Crawford la vivió como una herida que tardaría años en cerrarse.
Crawford había sido una de las estrellas más taquilleras de la MGM durante los años treinta, con una carrera que el propio F. Scott Fitzgerald había celebrado llamándola «la personalización de la chica moderna (flapper)» en el Hollywood de la época. Pero hacia finales de la década, la MGM no sabía qué hacer con ella. El estudio la veía todavía como el producto de los años veinte —jazz, pelo corto, baile— y no había sabido actualizar esa imagen a medida que Crawford maduraba como actriz. La etiqueta de box office poison llegó en ese contexto de abandono institucional.
Lo que siguió fue una travesía larga y poco glamurosa. Crawford aguantó en la MGM hasta 1943, cuando ambas partes acordaron dar por finalizado un contrato que había durado dieciocho años y más de sesenta películas. Firmó con Warner Bros. un contrato de tres películas y esperó. Se negó a aceptar cualquier papel que no fuera el adecuado. Pasó dos años prácticamente sin aparecer en pantalla, salvo un cameo en Hollywood Canteen (1944). La industria la consideraba acabada.
En 1945, Crawford hizo la prueba para Alma en suplicio (Mildred Pierce), basada en la novela de James M. Cain y producida por Jerry Wald para Warner Bros. El director asignado, Michael Curtiz —el mismo que había rodado Casablanca tres años antes—, la recibió con escepticismo. Según varias fuentes, Curtiz la consideraba una reliquia del Hollywood pasado. La prueba de pantalla cambió su opinión.

Mildred Pierce era exactamente el tipo de papel que la MGM nunca le habría dado: una mujer de clase trabajadora, madre sacrificada, que construye un negocio desde cero mientras su hija la destruye emocionalmente. Sin glamour artificial, sin el envoltorio de estrella que la MGM le había impuesto durante años. Crawford ganó el Oscar a la mejor actriz. Recibió el premio en la cama —según la versión oficial, estaba enferma; según versiones menos caritativas, estaba demasiado nerviosa para asistir a la ceremonia y prefirió la publicidad de recibirlo en camisón—. Fue uno de los regresos más celebrados de la historia de Hollywood y el inicio de una segunda carrera completamente distinta a la primera: la Crawford de los años cincuenta era una actriz de género, de melodrama noir, que encontró en esos registros una libertad de la que nunca había gozado.
Marlene Dietrich: de la Riviera a Bottleneck
El de Dietrich es quizás el caso más irónico de la lista, dado lo que ya hemos contado aquí sobre Arizona (Destry Rides Again). Pero merece atención en este contexto porque ilustra algo específico: cómo el box office poison era un diagnóstico de encasillamiento más que de falta de talento.
Dietrich llevaba casi una década siendo la criatura de Josef von Sternberg: sofisticada, inalcanzable, fotografiada con luz artificial hasta convertirse en algo más parecido a un icono que a una persona. Esa imagen había funcionado mientras había funcionado. Cuando dejó de funcionar, Dietrich se encontró en la Riviera francesa, semiretirada, convencida de que su carrera americana había terminado.
Joe Pasternak la localizó allí y le propuso un western de Universal a medio salario. Fue el propio Von Sternberg —el hombre que la había convertido en diosa— quien la convenció de aceptar. Según una frase que varias fuentes atribuyen a ese momento, le dijo: «Te hice ser una diosa. Ahora demuéstrales que tienes pies de barro”.

La frase resume perfectamente el mecanismo del comeback en estos casos: no se trata de negar lo que la estrella era, sino de añadirle una dimensión que el encasillamiento había ocultado. Frenchy, la cantante de saloon de Destry Rides Again, no era la negación de la Dietrich sofisticada sino su inversión cómica: el mismo magnetismo, el mismo aplomo, pero con barro en los zapatos y dispuesta a participar en una pelea de bar. El público que se había cansado de la diosa intocable recibió de buen grado a la mujer que podía reírse de sí misma.
Greta Garbo: el comeback que duró dos años
El caso de Garbo es el más extraño de todos porque su historia no termina con un triunfo sino con una retirada voluntaria.
Garbo había sido durante casi una década la mayor estrella de la MGM: fría, inaccesible, fotografiada siempre como si la cámara la estuviera contemplando a una esfinge. El problema, hacia 1937 y 1938, era exactamente ese: el público se había cansado de contemplarla. Sus películas —tragedias grandiosas, mujeres condenadas, finales tristes— eran admiradas pero no amadas y la taquilla empezaba a reflejar el agotamiento de esa fórmula. Cuando llegó el anuncio de Brandt, la MGM ya estaba buscando cómo reinventarla.
La solución fue Lubitsch. Ninotchka (1939), dirigida por Ernst Lubitsch con guion de Charles Brackett, Billy Wilder y Walter Reisch, la puso a hacer comedia por primera vez en su carrera. La campaña de marketing lo resumió en dos palabras que se convirtieron en una de las frases publicitarias más célebres de Hollywood: “Garbo Laughs! (Garbo ríe)”. La película funcionó: le valió su tercera nominación al Oscar y revivió su carrera, aparentemente.
Pero entonces la MGM cometió el error de creer que el público solo quería a Garbo haciendo comedia y encargó otra. La mujer de las dos caras (Two-Faced Woman, 1941), dirigida por George Cukor, fue un desastre, tanto de crítica como de taquilla. Garbo se retiró de la pantalla con treinta y seis años, tras veintiocho películas, y no volvió nunca.

Lo que distingue a Garbo es que su salida no fue una derrota sino una decisión propia. Siguió recibiendo ofertas durante décadas y las rechazó todas. Nunca dio explicaciones. Esa negativa a volver, tan coherente con la imagen de distanciamiento que había cultivado durante toda su carrera, es quizás la única forma en que Garbo podía terminar su historia: siendo ella misma hasta el final, incluso cuando ser ella misma significaba desaparecer.
Lo que todo esto revela
Visto desde la distancia, el box office poison de 1938 dice más sobre los mecanismos de la industria que sobre los actores a los que intentaba enterrar.
El anuncio de Harry Brandt partía de una premisa que los estudios habían inculcado durante años: que el valor de una estrella era equivalente a su rendimiento en taquilla. Pero las carreras de Hepburn, Crawford, Dietrich y Garbo demostraron que esa ecuación era demasiado simple. Una estrella que ha perdido tracción en un momento dado no es necesariamente una estrella acabada. Una estrella mal utilizada. Una estrella a la que el sistema le ha pedido y ofrecido siempre lo mismo y el público se acababa cansando antes incluso que el propio actor.
Lo que diferencia a los que sobrevivieron de los que no —Kay Francis nunca recuperó su posición, John Barrymore murió en 1942 antes de poder intentarlo— es en casi todos los casos la misma cosa: la capacidad de romper con la imagen que el sistema les había impuesto y encontrar otra. Hepburn dejó de ser la actriz difícil de RKO para convertirse en la dueña de su propio material. Crawford dejó de ser la chica moderna de la MGM para ser la mujer dura de Warner. Dietrich dejó de ser la diosa intocable de Von Sternberg para ser la mujer con pies de barro que el público podía no solo admirar, sino querer.
