En 1939, James Stewart protagonizó Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington) y Arizona (Destry Rides Again). En ambas interpreta a un personaje llamado Jefferson. En ambas es el hombre decente e ingenuo que sobrevive a un sistema corrupto sin perder la compostura. Arizona es la que parecía más difícil: un western de la Universal por el que nadie apostaba demasiado pero que salió perfecto.
Dietrich llevaba dos años fuera de Hollywood, etiquetada como «veneno para la taquilla» tras una cadena de fracasos en Paramount. El productor Joe Pasternak la convenció para cambiar radicalmente de imagen y encarnar a Frenchy, la cantante de saloon más descarada del Oeste. Para endulzar el trato, como dicen los angloparlantes, Pasternak contrató a Frederick Hollander, quien le había escrito Falling in Love Again para El ángel azul. El resultado fue See What the Boys in the Back Room Will Have, que formaría parte de su repertorio de cabaret durante décadas.
Lo que hace grande a Destry Rides Again no es la trama —deliberadamente simple— sino la tensión entre sus dos protagonistas, que representan dos formas completamente opuestas de existir. Frenchy vive del exceso, del ruido, de la provocación. Destry no lleva pistola, cita proverbios y resuelve los conflictos contando anécdotas. Que acaben enamorados es absurdo y completamente convincente. Ayuda que Dietrich y Stewart tuvieran un romance real durante el rodaje.

La película también contiene una de las peleas de mujeres más famosas del Hollywood clásico, entre Dietrich y Una Merkel, que causó algún problema con la censura en el momento del estreno. Es una escena caótica, brutal y escandalosamente divertida que no encaja con ninguna convención del género y que resume perfectamente qué tipo de western es este: uno que no se toma a sí mismo demasiado en serio pero que sin embargo sí se toma a sus personajes muy en serio.
Su éxito causó una ola de westerns cómicos en Universal y consolidó a Stewart como estrella de primer nivel. Sería su único western hasta Winchester ’73 once años después. Para Dietrich fue más que un comeback: fue la reinvención completa de su imagen, el momento en que dejó de ser la criatura de Sternberg.
