Jean Harlow odiaba ser rubia platino. No lo decía en público —la MGM se había ocupado de que no lo dijera— pero lo dejó caer suficientes veces en privado como para que quedara registrado. Se quejaba de los personajes que le asignaban, de la imagen que el color imponía, de que nadie parecía capaz de imaginarla haciendo algo distinto a provocar. «Siempre soy la misma chica», dijo en una entrevista de 1934 con una franqueza que probablemente le costó un toque de atención del estudio. Tenía veintitrés años y llevaba cuatro siendo la bomba sexual más famosa de Hollywood.
El problema era que el platino funcionaba. Desde Los ángeles del infierno (Hell’s Angels) en 1930, el color se había convertido en parte del producto tanto como su cara o su voz. La rubia imposible, la mujer que el Código Hays observaba con recelo y la Legión Católica de la Decencia señalaba directamente en sus informes.
Su peluquero Alfred Pagano la sometía semanalmente a un proceso de decoloración con peróxido de hidrógeno y amoniaco que era, aplicado con esa frecuencia durante años, suficientemente agresivo para destruir cualquier cabello. Hacia 1934 y 1935, el resultado era visible en el plató. Durante el rodaje de La indómita (Reckless), un especialista convocado de urgencia evaluó el daño: «Estaba cayéndose por todas partes. Estaba completamente destruido”.
Fue entonces cuando la MGM llamó a Sydney Guilaroff.
Guilaroff llevaba pocos meses en el estudio, traído desde Nueva York por insistencia de Joan Crawford. Se convertiría con el tiempo en el jefe de peluquería de la MGM durante cuatro décadas, el artífice de los looks de Garbo, Ava Gardner y Grace Kelly entre otras muchas, el primero en su profesión en aparecer en los títulos de crédito de las películas. Pero en ese momento era simplemente el hombre que tenía que resolver un problema urgente: la rubia más famosa del mundo se estaba quedando sin pelo.
Guilaroff diseñó pelucas de cabello humano que replicaban el platino con suficiente fidelidad para que la cámara no lo distinguiera. A partir de 1935, Harlow dejó definitivamente el proceso de decoloración y empezó a llevar esas pelucas en todos sus rodajes mientras su pelo natural crecía debajo.

Al mismo tiempo, el estudio intentó una maniobra paralela para sus siguientes películas. Con el Código Hays en vigor desde 1934 y la presión moral sobre ciertos tipos de personaje en aumento, la MGM le aplicó un tinte castaño claro a su pelo natural ya recuperado y la rebautizó brevemente como la «brownette» (no llegaba a ser brunette), cambiando de paso el tipo de papeles que le asignaban. Fue un experimento de rebranding que no duró mucho pero que produjo exactamente lo que Harlow siempre había pedido: personajes con humor, con ternura, con algo más que provocación. Una mujer difamada (Libeled Lady) en 1936, con Spencer Tracy, William Powell y Myrna Loy es probablemente su mejor actuación. La actriz cómica con timing perfecto siempre había estado ahí, esperando que alguien le abriera la puerta.
La puerta no duró mucho abierta. En Saratoga, su último film, volvía a aparecer de rubia platino, con peluca. Rodó la mayor parte de la película enferma: fallo renal, originado probablemente por una escarlatina. Se desplomó durante el rodaje junto a Clark Gable. Murió el 7 de junio de 1937 con solo veintiséis años.
