El Código Hays tiene fama de haber sido el instrumento más represivo de la historia del cine americano, y en muchos sentidos la fama es merecida. Esta rigurosa guía de censura, aplicada con puño de hierro a partir de 1934, pretendía erradicar de la pantalla cualquier atisbo de «inmoralidad», desde la violencia explícita hasta la más mínima sugerencia sexual. Pero tuvo también una consecuencia que nadie había imaginado: obligó a algunos directores a resolver problemas de forma tan ingeniosa que las soluciones acabaron siendo mejores que lo que hubieran hecho disfrutando de total libertad.
La censura, paradójicamente, se convirtió en el motor de la metáfora cinematográfica. Nadie ilustra esto mejor que Alfred Hitchcock, que pasó buena parte de los años cuarenta y cincuenta en una batalla continua y soterrada contra los censores.
Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) es el monumento definitivo de esta guerra de guerrillas psicológica. La producción estuvo plagada de memorándums de la oficina del Código. Los censores vigilaron con lupa la evidente homosexualidad del villano Leonard (interpretado por Martin Landau) y forzaron a doblar en postproducción una línea de diálogo de Eva Marie Saint en la famosa escena del vagón restaurante, que originalmente decía «Nunca hago el amor con el estómago vacío» y que tuvo que cambiarse en la versión final, ligeramente más sutil: «Nunca hablo de amor con el estómago vacío».
Estas restricciones empujaron a Hitchcock a buscar el jaque mate visual. La película termina con Roger Thornhill y Eve Kendall en un compartimento de tren. Él la sube a la litera. Se besan. Corte. Un tren entra a toda velocidad en un túnel. Fin.
Hitchcock confirmó años después en sus célebres entrevistas con François Truffaut que la imagen era tan lúbrica como parecía. Pero, ¿cómo prohibir un tren entrando en un túnel? Al no haber desnudez ni contacto físico inapropiado, la oficina de censura se vio atrapada en su propia red de tecnicismos legales y tuvo que aprobarlo.

Hitchcock, que había pasado décadas negociando cada fotograma con unos funcionarios que le decían qué podía y qué no podía rodar, terminó una de sus obras maestras con un innuendo visual tan obvio que hasta un niño lo entendería. Mientras la Oficina del Código pasaba meses obsesionada con vigilar las palabras y los matices de los personajes, el director les coló en sus propias narices la metáfora sexual más gigantesca de la historia del cine.
