Para cualquiera que haya devorado la obra de las hermanas Brontë, el debut como director del guionista William Nicholson (Shadowlands, Nell) resultará un territorio sospechosamente familiar. La película avanza como un «grandes éxitos» de la literatura gótica del siglo XIX: tenemos a una institutriz obstinada pero de gran corazón (Sophie Marceau), un aristócrata inglés ridículamente atormentado (Stephen Dillane), una inmensa mansión helada en mitad de la nada y, por supuesto, una esposa legítima postrada que se oculta convenientemente en un ala apartada de la casa.
La única novedad que A la luz del fuego aporta al manual de Jane Eyre es un detonante más cercano al melodrama moderno que al puritanismo victoriano: la protagonista acepta concebir un hijo para este terrateniente a cambio de dinero para salvar a su padre de las deudas, regresando años más tarde como la profesora de la niña, incapaz de olvidar el llanto de su bebé.
En el plano técnico, la película es un triunfo de la contención visual. El director de fotografía Nic Morris exprime al máximo el título del film, iluminando los gélidos paisajes ingleses casi exclusivamente con el resplandor tembloroso de chimeneas y velas. Cada fotograma invernal parece una pintura al óleo diseñada para transmitir el aislamiento psicológico de sus personajes.

El problema es que, bajo esa impecable y hermosa capa de escarcha, el fuego interno tarda demasiado en prender. Marceau y Dillane defienden con solvencia su romance prohibido, pero el guion de Nicholson se vuelve tan solemne y calculado que termina asfixiando la pasión cruda que la trama requería. Es un ejercicio de época innegablemente bello y digno de verse en una tarde lluviosa, pero carece de los colmillos y el peligro psicológico que hacen que los clásicos góticos sigan vivos hoy en día.
