Darryl F. Zanuck intentó dinamitar el Hollywood de la posguerra con Pinky, un melodrama que ponía el dedo en la llaga del racismo estadounidense y el fenómeno del passing (personas negras que pasaban por blancas). Vista hoy, la película funciona mejor como una fascinante cápsula del tiempo que como el drama descarnado que pretendía ser.
El gran elefante en la habitación es el casting de Jeanne Crain. Al elegir a una actriz blanca para el papel principal en lugar de a una intérprete negra, el estudio saboteó activamente la urgencia de su propia tesis. Crain ofrece una actuación digna pero inevitablemente distante, lo que diluye la verdadera angustia de la identidad fracturada de la protagonista.
Son las interpretaciones de las actrices secundarias las que salvan la función del colapso sensacionalista. Ethel Waters, encarnando a la abuela que dobla el lomo lavando ropa ajena para pagar los estudios de su nieta, inyecta una dignidad devastadora y una complejidad moral que el guion, a menudo demasiado didáctico y paternalista, es incapaz de sostener por sí mismo. A su lado, la veterana Ethel Barrymore brilla como la altiva matriarca sureña moribunda.

Pinky se queda corta en su resolución. El desenlace opta por una aceptación noble pero conformista del statu quo segregacionista, prefiriendo la seguridad del martirio moral antes que la subversión real. La cinta se erige como un monumento a las buenas intenciones del Hollywood liberal de mediados de siglo: un cine que ansiaba desesperadamente ser audaz, pero que todavía tenía miedo de su propia sombra.
