Entre 1999 y 2008 sucedió algo en HBO que no ha vuelto a ocurrir en ninguna plataforma, cadena o servicio de streaming en la historia de la televisión.
En ese período de nueve años HBO emitió simultánea o sucesivamente lo siguiente: Los Soprano (The Sopranos), 1999–2007. A dos metros bajo tierra (Six Feet Under), 2001–2005. The Wire, 2002–2008. Carnivàle, 2003–2005. Deadwood, 2004–2006. Band of Brothers, 2001. Y como si sobrara espacio, Curb Your Enthusiasm desde 2000.
Ninguna de estas series se parecía a las demás. Ninguna usaba el mismo tono, el mismo género, el mismo tipo de protagonista ni la misma manera de entender lo que una serie podía hacer. Lo que las unía no era una estética sino una actitud: la convicción de que la televisión podía ir a los mismos sitios que el gran cine y la gran literatura y que no había ninguna razón para no intentarlo.
David Chase construyó la antítesis del héroe televisivo y la convirtió en el personaje más fascinante de la pequeña pantalla. Alan Ball hizo una serie sobre la muerte que era, de manera inesperada y constante, una de las más vivas sobre lo que significa existir. David Simon escribió cinco temporadas sobre Baltimore —las drogas, el puerto, la política municipal, el sistema escolar, el periodismo— con la ambición y la densidad de una novela del siglo XIX. David Milch tomó el western, lo llenó de prosa casi shakespeariana y de barro real y produjo algo que no tenía precedentes en el género. Y en medio de todo eso, un grupo de productores ejecutivos llamados Steven Spielberg y Tom Hanks entregaron diez episodios sobre la Segunda Guerra Mundial que siguen siendo de las mejores representaciones del conflicto que ha producido la ficción audiovisual.
Todo esto en el mismo canal. En el mismo período.

La defensa más sólida contra la tesis de la excepcionalidad de HBO tiene nombre y apellidos: Vince Gilligan y Matthew Weiner. Mad Men se estrenó en AMC en 2007 y terminó en 2015. Breaking Bad se estrenó en 2008 y terminó en 2013. Better Call Saul, su precuela y secuela simultánea, corrió de 2015 a 2022.
Pero hay algo que se suele pasar por alto cuando se cita el caso AMC como contraejemplo: Matthew Weiner escribió el piloto de Mad Men mientras trabajaba como guionista en Los Soprano. Vince Gilligan ha dicho en varias entrevistas que sin Tony Soprano no habría Walter White. AMC tuvo su edad dorada en parte porque HBO había redefinido lo que era posible hacer en televisión.
Además, hay una diferencia de concentración que no es menor. HBO acumuló esas seis o siete obras maestras en un período de nueve años, en el mismo espacio, bajo la misma filosofía editorial. AMC tuvo Mad Men, Breaking Bad y Better Call Saul a lo largo de quince años.
Netflix, Amazon, Apple TV+, Disney+ y el resto han producido cosas que merecen respeto y en algunos casos genuina admiración. The Crown tiene temporadas espléndidas. Severance es muy original. Slow Horses es el mejor thriller de espionaje que se emite en la actualidad. Pluribus (otra vez Gilligan) promete y mucho.
Pero hay algo en el modelo de streaming que conspira contra la concentración de excelencia que HBO logró en esos años. Las plataformas producen demasiado. La abundancia, que debería ser una ventaja, funciona como diluyente. Cuando estrenas doscientas series al año, la atención se fragmenta, los recursos se dispersan, y la sensación de que algo es verdaderamente imprescindible se vuelve más difícil de generar.
Carnivàle fue cancelada tras dos temporadas porque era cara y los índices de audiencia no acompañaban. Daniel Knauf, su creador, tenía planificadas seis temporadas. Lo que quedó es una de las series más hermosas e inconclusas de la historia, una herida que el tiempo no ha terminado de cerrar para quien la vio en su momento. Deadwood fue cancelada tras tres temporadas bajo circunstancias similares, aunque HBO rectificó parcialmente trece años después con una película que David Milch escribió ya enfermo de Alzheimer y que aun así tenía más densidad verbal que la mayoría de lo que se produce hoy.

Ian McShane como Al Swearengen en Deadwood sigue siendo uno de los dos o tres personajes más complejos que ha producido la televisión americana. Idris Elba como Stringer Bell en The Wire es el otro. James Gandolfini como Tony Soprano el tercero (pongo a Tony el último para que no se me acuse de dar la tabarra demasiado con Los Soprano). Los tres en el mismo canal, en el mismo período, construidos con la misma libertad creativa que HBO concedió a sus mejores autores en aquellos años.
No hay una explicación sencilla para por qué ocurrió entonces y ahí y no en otro sitio ni en otro momento. Hay teorías: que HBO, como cadena de pago sin anunciantes, no tenía que responder a nadie más que a sus suscriptores y podía permitirse cierto fracaso comercial. Que la confluencia de talentos fue una casualidad irrepetible. Que el momento histórico generó las condiciones para ese tipo de ficción que miraba a su país sin anestesia.
Probablemente todo a la vez. Lo que está claro es que no ha vuelto a ocurrir. Y que las series que se produjeron entonces —las que se produjeron y las que se cancelaron antes de terminar— siguen siendo la medida contra la que se mide todo lo demás.
