Muchos periódicos de 1932 se negaron a publicitar esta película por su título; de hecho, en varias ciudades tuvo que anunciarse tímidamente como Merrily We Go to… o directamente censuraron la última palabra en los carteles. Todo esto ocurrió dos años antes de la aplicación estricta del Código Hays en 1934. En ese Hollywood de la era Pre-Code, los estudios aún podían permitirse casi cualquier cosa si sabían cómo esquivar a los censores locales.
Lo que viene después no defrauda en absoluto. Sylvia Sidney es Joan Prentice, una rica heredera que se enamora de Jerry Corbett (Fredric March en uno de sus mejores trabajos, que ya es decir mucho), un periodista y dramaturgo alcohólico que promete reformarse tras llegar borracho incluso a su propia fiesta de compromiso. Spoiler: no se reforma. Jerry cae en los brazos de su antigua amante, convirtiendo el matrimonio en un auténtico desastre de alta sociedad.
Hasta aquí, parece la típica comedia romántica agridulce de la Paramount. Lo que Dorothy Arzner hace con esa estructura es lo que logra que la película siga siendo fascinante casi un siglo después: en lugar de dejar que Sidney llore en un rincón asumiendo el rol de víctima, la empuja a tomar las riendas. Si el matrimonio va a ser «moderno» para él, va a ser moderno para los dos. “Si ser un marido moderno te da privilegios, ser una esposa moderna también me da privilegios a mí”. Es 1932, recordemos. Arzner no buscaba el melodrama moralista sino retratar la doble vara de medir de la época con una honestidad brutal.
La película funcionó muy bien en taquilla, convirtiéndose en uno de los éxitos financieros del estudio en un año nefasto debido a la Gran Depresión. Sin embargo, la crítica de la época no supo muy bien qué hacer con ella. Las reseñas de las cabeceras principales como Variety se dedicaron sobre todo a señalar con condescendencia que el film había sido dirigido por una mujer, tratándolo como una curiosidad exótica en lugar de analizar su audacia técnica y narrativa.

Un jovencísimo Cary Grant aparece en un papel secundario interpretando a Charlie Baxter, el sofisticado galán de la obra de teatro dentro de la película (y posterior interés romántico de Sidney para darle celos a su marido). Era su primer año en Hollywood y su tercera película; nadie prestó demasiada atención a ese actor alto y moreno que muy pronto se comería el mundo.
Dorothy Arzner dejó la Paramount al terminar el rodaje. Hay quien dice que este fue su mejor trabajo. Puede que sí, puede que no —Hacia las alturas (Christopher Strong, 1933) o La mujer sin alma (Craig’s Wife, 1936) también compiten por ese puesto—, pero lo que es seguro es que fue la última vez que el sistema de estudios la dejó rodar con total libertad antes de que la censura puritana cayera sobre Hollywood. Y vaya si se nota.
