La historia tiene todos los ingredientes del drama social con pretensiones que tanto se llevaba en esa época: un chico del lado malo de Chicago, madre adicta, padre ejecutado por un crimen que igual no cometió, vecindario que parece diseñado específicamente para hundirte. El chaval resulta ser un prodigio del piano —claro que sí— y alrededor orbitan los sospechosos habituales: el juez alcohólico venido a menos, la mujer que se sacrifica, Jean Seberg haciendo de chica de buena familia que se enamora del chico equivocado… mucho cine de los sesenta parecía estar suscrito a ese tipo de argumentos.
La película es una secuela de Llamad a cualquier puerta (Knock on Any Door, 1949), el drama judicial de Nicholas Ray con Humphrey Bogart. Ambas están basadas en las novelas homónimas de Willard Motley.
Ricardo Montalbán, haciendo de villano trajeado. Shelley Winters llorando con dignidad. La fotografía en blanco y negro roza el noir sin terminar de comprometerse, el guion tira de diálogo para hacer avanzar una trama que tampoco tiene mucha prisa. Leacock dirige con oficio y sin chispa.

Ella Fitzgerald apareció en apenas cuatro películas en toda su carrera. Hollywood la trataba como se trata un mueble caro: la colocaba en un rincón, la iluminaba bien y volvía a lo suyo. Aquí interpreta a Flora, una cantante de club con problemas con la heroína. En las primeras escenas la ves al piano cantando como solo ella (Ella) sabía hacerlo. Y entonces, la película recuerda que tiene una trama y sigue adelante sin Ella. Lástima.
La buena noticia es que alguien tuvo el criterio de meterla en un estudio antes de que todo acabara. Trece canciones grabadas en una semana, acompañada únicamente por el pianista Paul Smith, producidas por Norman Granz para Verve. ‘I Can’t Give You Anything But Love’, ‘Black Coffee’, ‘Angel Eyes’, ‘Misty’, ‘One for My Baby’... canciones de desamor a las cuatro de la madrugada, cantadas sin orquesta, sin los arreglos monumentales de sus Songbooks, sin nada entre su voz y el piano.
La película: correcta, olvidable, útil como contexto. El disco: indispensable. Flora merecía una película mejor.
