En 1944, Otto Preminger dirigió Laura, una de las obras maestras del cine negro americano. En 1959, Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder). En 1968, una comedia psicodélica en la que Groucho Marx interpreta a un capo de la mafia que se hace llamar «Dios» y los créditos finales están cantados. Todos. Hasta el operador de cámara.
Para documentarse sobre la contracultura hippie, Preminger tomó LSD en compañía del escritor Paul Krassner y supuestamente bajo la guía de Timothy Leary, que además aparece en el tráiler de la película. Lo que Preminger aprendió de la experiencia no queda del todo claro. Lo que sí queda claro es que el LSD no le enseñó a dirigir mejor.
El reparto incluye, entre otros, a Jackie Gleason, Carol Channing, Mickey Rooney, Burgess Meredith, Peter Lawford, Cesar Romero, Frank Gorshin, George Raft y Frankie Avalon. La banda sonora es de Harry Nilsson, que también aparece como actor y canta los créditos finales nombrando uno por uno a cada miembro del equipo técnico. Es lo mejor de la película, lo cual no es un precisamente un cumplido para el resto.

Era la última aparición de Groucho en pantalla y también su primera experiencia con el LSD gracias a la insistencia de Preminger. En su libro The Groucho Phile, que una no puede dejar de recomendar encarecidamente, describió tanto la película como su propia actuación como «God-awful», que traducido sería «espantosa» pero que en el contexto donde él interpreta a Dios adquiere una dimensión teológica adicional. La hija de Preminger guardó el negativo durante años para proteger la reputación de su padre. Roger Ebert escribió que la película «fracasa sobre todo porque le falta espíritu». Probablemente la crítica más amable que recibió.
Skidoo es lo que ocurre cuando un genio del cine clásico decide que quiere demostrar que entiende a las nuevas generaciones. No las entiende. Y los noventa y siete minutos de metraje son la prueba más cara jamás producida de ese malentendido.
